Oportunidad

Sus viejas zapatillas ya no evitan pisar los charcos. No le importa que se le calen los pies. Camina cabizbajo y con las manos en los bolsillos. La tormenta le ha pillado por sorpresa, como a muchos transeúntes que corrían a resguardarse, pero él no tiene prisa por regresar a casa. Su teléfono vibra dentro del bolsillo del pantalón una vez más. Su cabello empapado chorrea y un hilo de agua se desliza sobre la silueta de su nariz y se pierde en su barba de dos días.

Las farolas le acompañan con su luz amarillenta, hasta que un fulgor le deslumbra al doblar la esquina. Un coche avanza hacia él, despacio, lo que le permite observarlo con detenimiento. Es un vehículo clásico y elegante, de otra época. Distingue la conocida imagen de un felino en su parte delantera y dos pequeños faros que simulan unos ojos saltones. La lluvia se desliza sobre su carrocería negra con temor a permanecer en ella más tiempo de lo debido y perturbar su marcha. La ventanilla del conductor baja cuando se detiene a su altura.

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Veneno

Tira de las correas de terciopelo negro frente al espejo y se ciñe el corsé granate sobre su cintura de avispa, por debajo del busto, y hace que su escote se asome realzado y poderoso. Recoge el bajo de su largo vestido de corte victoriano y sube las escaleras del palacete hasta el salón de baile. El vals que interpretan los músicos suena majestuoso, amplificado por el vacío hueco que forman las cúpulas, pero no se entretiene en la música ni en los curiosos que la admiran al pasar. Seguir leyendo “Veneno”

Yamileth

Camina sobre sus zapatos de plataforma blancos por encima de la rodilla y le acompaña por el estrecho pasillo de luces rojas hasta la suite

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Azul cobalto

Escucho un sonido lejano, un ruido vago que me despierta y que cobra intensidad a cada segundo. Mis párpados pesados se esfuerzan por abrirse ante un nuevo día. La luz de la pantalla del móvil ilumina la oscuridad de mi habitación. Maldito despertador y maldito lunes por la mañana. Qué corto se ha hecho el fin de semana. Elevo mi cuerpo para separarme del colchón como Drácula al salir del ataúd y saco las piernas de entre las sábanas para plantar los pies descalzos sobre el parquet. Me duele la cabeza. Bostezo como un león y me pongo de pie. Me pongo la chaqueta de chándal que descansa a los pies de la cama y camino por el pasillo como un zombi con resaca. Mi cuerpo es una carraca de camino al baño, no hay hueso que no cruja, y hace un frío que aviva mis ganas de mear. No puedo quedarme sentado durante mucho tiempo porque podría abrirme la cabeza contra el toallero de pie que hay frente al inodoro. Sí, meo sentado porque con el sueño que tengo no apuntaría bien y la chica no viene a limpiar hasta el jueves.

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En el olvido

El hombre se transformó en piel y huesos en el interior de aquel edificio abandonado.

Eugenio, de ochenta y cinco años, salió a dar su paseo como cada día. Recorrió el parque que hay a escasos metros del bloque donde vive desde que se casó, se sentó en el mismo banco de siempre a descansar un poco antes de coger el autobús para llevarle flores a su mujer. Un ramo de margaritas, como a ella le gustaban.

Siempre pensó que se marcharía antes que ella. Ha tenido muchos más achaques y se ha cuidado mucho menos. También fumaba como un carretero hasta que tuvo un infarto a los sesenta años. Desde entonces, ni tabaco, ni sal. Y muchos paseos. Sin embargo el corazón de Amparo, su Amparo de su alma, la mujer con quien ha compartido su vida desde antes de cumplir la mayoría de edad, se paró de madrugada un año después. No sufrió, a Dios gracias. El golpe fue tan grande que nadie ha conseguido alejar de su mente la idea de que gran parte de la culpa es suya, por haberle dado tantos disgustos.  

Hacía tiempo que el hombre andaba despistado. A veces se le olvidaban las llaves de casa cuando bajaba a comprar el pan y tenía que llamar a la vecina. La mitad de esos días, llegaba con las manos vacías. Otras se las dejaba puestas por fuera, metidas en la cerradura, hasta que algún vecino le llamaba al timbre cuando las veían desde el rellano de la escalera. Dejó de conducir porque le fallaban los reflejos. Y porque tampoco recordaba dónde lo aparcaba. La mitad de los días no comía. La otra mitad, no recordaba si había comido. Y así pasaba sus días, con más pena que gloria.

Pasó en el autobús por delante de un lugar al que hacía tiempo que no iba. El almacén donde trabajó de mozo antes de conocer a su Amparo y dejar ese trabajo por otro mejor que le permitiera sacar adelante a la familia que estaban a punto de formar. Ahí se fumó su primer cigarrillo a los catorce años. Eso lo recordaba bien. Le supo a rayos pero no tardó en cogerle el gusto. Decidió bajarse y pasear por los alrededores.

No había señal que le impidiera el paso al interior del edificio, como tampoco nada que le permitiera ver las pésimas condiciones de la infraestructura a consecuencia del abandono. Su cerebro no reparó en esos detalles. Todo estaba como el primer día. Un mal paso sobre un tablón de madera podrida propició su descenso a los infiernos para no salir nunca más.

Encontraron su cuerpo por casualidad, cuando un grupo de chavales se coló una noche de fin de semana para hacer botellón. Llevaba en el interior del agujero más de una semana. Los vecinos lamentaron su pérdida al enterarse por las noticias. Nadie había reparado en su ausencia por el barrio. A día de hoy, su coche continúa ocupando la plaza reservada en el garaje de la Comunidad, a la espera de que alguien del Ayuntamiento se lo lleve.

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Escena
La propuesta para este taller consiste en escribir un relato que COMIENCE con la frase «El hombre se transformó en…».

Reto opcional
Como reto alternativo os proponemos que todo el relato transcurra en el interior de un edificio abandonado.

¡Sorpresa!

“¡Kikirikí!”

El canto del gallo le despierta. Apenas puede abrir los ojos y le martillea la cabeza. Se lleva la mano a la frente con un gesto de dolor y descubre que una pequeña llave cuelga entre sus dedos, anudada con un cordel. Su brillo al exponerse a la luz del sol le deslumbra y entrecierra los ojos mientras piensa en la gravedad de su cogorza y en sus hechos previos. Esta resaca es de las que hacen historia.

—¡Jajajaja! ¡Arriba Bella Durmiente, que ha llegado tu príncipe! —Las risas y los gritos de su mejor amigo aumentan el malestar del pobre Luis—. No me seas lila y levántate del suelo, que menudas pintas llevas… Estás hecho un guarro y hueles a choto.

—Tío… ¿Qué pasó anoche?

—¡No te creo, tío! —Juan se lleva las mano a la cabeza— ¿De verdad no te acuerdas de nada?

—¡No me vaciles, tío! Me despierto al raso y oliendo a mierda, y tú no tienes otra cosa mejor que hacer que partirte el culo a mi costa. Te conozco y sé que me has liado algo. Y me has puesto esta llave aquí que no tengo ni idea de para qué sirve.

—¡Venga ya, Luisito! ¡Es imposible que no te acuerdes! Anoche montamos un fiestón. Celebramos tu despedida de casado por todo lo alto, campeón… Es broma. En serio. Solo hicimos turismo rural.

—¿Y la llave esta para qué es?  

—¡Buf! ¡De verdad, qué cansino eres, tío! Cuando se te mete un runrún en la cabeza no hay quien te saque de ahí. ¿Para qué va a ser la llave, a ver? Pues para abrir una cosa.  

—Desde luego… No sé cómo he podido vivir sin ti todos estos años…

—Eso mismo me pregunto yo.  

Juan le tiende la mano y le ayuda a levantarse. Resignado, Luis entra en la pequeña casa de pueblo y estudia con detenimiento cada rincón. De pronto, encuentra una caja negra y brillante con una minúscula cerradura dorada, encima de la mesa de madera antigua que preside el salón.

—¡¿Qué hay en la caja?!

—¡Ay, joder! ¡Qué susto! —exclama Juan con la mano en el pecho—. ¡Deja de pegar voces y ábrela!

Luis traga saliva. Piensa en las veces que se ha visto metido en líos por culpa de su querido amigo y le teme más que a una vara verde. Tiene la boca pastosa y las manos pegajosas por un sudor frío, pero al final se decide y abre la caja.

—¿Qué… es esto?

—¡Tachán! Ves, tontito. Si es que te preocupas por nada, Luisito. ¿Cuándo te he hecho yo algo malo?

—¿Luis? —Una voz de mujer se escucha desde el piso de arriba—. ¿Cariño, ya has vuelto? —Mira a su amigo con desconfianza y enormes ganas de matarle—. Anda, sube. Que llevo un rato esperando mi desayuno…  

antique skeleton key...my next tattoo


 

a. El relato debe tener tres onomatopeyas de categoría A y B (mínimo una de cada).

b. El/la protagonista despierta con una llave en la mano.

c. Debe aparecer la frase: “¿¡Qué hay en la caja?!”.

Amantes

Apenas nos conocemos. Aunque intento recordarlas, no soy capaz de saber con seguridad las veces que nos hemos visto. ¿Dos? ¿Tres, quizá? No lo sé, pero cuando estoy con ella pierdo la noción del tiempo. Es un sentimiento estúpido, y más para un hombre como yo.

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