Cuaderno de dibujo

Ya no siento placer. El suave tacto de su punta se ha convertido en un dolor insoportable y su olor en un veneno que me mata a cuentagotas y de manera inevitable. Es cuestión de minutos que mi vida se acabe y, a pesar de haber nacido mentalizado para la llegada de este día, esperaba poder vivir durante más tiempo, como aquellos que envejecen olvidados en algún rincón o con la dignidad que otorgan las estanterías. Pero soy un cuaderno de dibujo en manos de un artista con hambre voraz, un asesino con gran talento que me ha exprimido hasta la extenuación.  Seguir leyendo “Cuaderno de dibujo”

Día de suerte

Después de terminar la carrera y buscar trabajo durante el último año en cosas que nada tenían que ver con mi titulación universitaria, por fin me llamaron de una empresa de mi sector, a la que había enviado el currículum por medio de una plataforma de contratación online, para concertar una entrevista esa misma semana.

Me preparé a conciencia delante del espejo para ensayar las respuestas ante posibles preguntas incómodas. También, para dar un repaso al vestuario, que falta me hacía. Tuve que pedir prestada algo de ropa a mi hermano mayor, un par de camisas clásicas y alguna corbata sin estampados psicodélicos o de dibujos animados. Así tendría una imagen presentable y no la de un pringado. Tenía todo controlado. Hasta el más mínimo detalle y sin fisuras ni posibilidad de errores, como a mí me gusta.

Pero llegó el día y me quedé dormido.

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Oportunidad

Sus viejas zapatillas ya no evitan pisar los charcos. No le importa que se le calen los pies. Camina cabizbajo y con las manos en los bolsillos. La tormenta le ha pillado por sorpresa, como a muchos transeúntes que corrían a resguardarse, pero él no tiene prisa por regresar a casa. Su teléfono vibra dentro del bolsillo del pantalón una vez más. Su cabello empapado chorrea y un hilo de agua se desliza sobre la silueta de su nariz y se pierde en su barba de dos días.

Las farolas le acompañan con su luz amarillenta, hasta que un fulgor le deslumbra al doblar la esquina. Un coche avanza hacia él, despacio, lo que le permite observarlo con detenimiento. Es un vehículo clásico y elegante, de otra época. Distingue la conocida imagen de un felino en su parte delantera y dos pequeños faros que simulan unos ojos saltones. La lluvia se desliza sobre su carrocería negra con temor a permanecer en ella más tiempo de lo debido y perturbar su marcha. La ventanilla del conductor baja cuando se detiene a su altura.

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Veneno

Tira de las correas de terciopelo negro frente al espejo y se ciñe el corsé granate sobre su cintura de avispa, por debajo del busto, y hace que su escote se asome realzado y poderoso. Recoge el bajo de su largo vestido de corte victoriano y sube las escaleras del palacete hasta el salón de baile. El vals que interpretan los músicos suena majestuoso, amplificado por el vacío hueco que forman las cúpulas, pero no se entretiene en la música ni en los curiosos que la admiran al pasar. Seguir leyendo “Veneno”

Yamileth

Camina sobre sus zapatos de plataforma blancos por encima de la rodilla y le acompaña por el estrecho pasillo de luces rojas hasta la suite

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Azul cobalto

Escucho un sonido lejano, un ruido vago que me despierta y que cobra intensidad a cada segundo. Mis párpados pesados se esfuerzan por abrirse ante un nuevo día. La luz de la pantalla del móvil ilumina la oscuridad de mi habitación. Maldito despertador y maldito lunes por la mañana. Qué corto se ha hecho el fin de semana. Elevo mi cuerpo para separarme del colchón como Drácula al salir del ataúd y saco las piernas de entre las sábanas para plantar los pies descalzos sobre el parquet. Me duele la cabeza. Bostezo como un león y me pongo de pie. Me pongo la chaqueta de chándal que descansa a los pies de la cama y camino por el pasillo como un zombi con resaca. Mi cuerpo es una carraca de camino al baño, no hay hueso que no cruja, y hace un frío que aviva mis ganas de mear. No puedo quedarme sentado durante mucho tiempo porque podría abrirme la cabeza contra el toallero de pie que hay frente al inodoro. Sí, meo sentado porque con el sueño que tengo no apuntaría bien y la chica no viene a limpiar hasta el jueves.

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En el olvido

El hombre se transformó en piel y huesos en el interior de aquel edificio abandonado.

Eugenio, de ochenta y cinco años, salió a dar su paseo como cada día. Recorrió el parque que hay a escasos metros del bloque donde vive desde que se casó, se sentó en el mismo banco de siempre a descansar un poco antes de coger el autobús para llevarle flores a su mujer. Un ramo de margaritas, como a ella le gustaban.

Siempre pensó que se marcharía antes que ella. Ha tenido muchos más achaques y se ha cuidado mucho menos. También fumaba como un carretero hasta que tuvo un infarto a los sesenta años. Desde entonces, ni tabaco, ni sal. Y muchos paseos. Sin embargo el corazón de Amparo, su Amparo de su alma, la mujer con quien ha compartido su vida desde antes de cumplir la mayoría de edad, se paró de madrugada un año después. No sufrió, a Dios gracias. El golpe fue tan grande que nadie ha conseguido alejar de su mente la idea de que gran parte de la culpa es suya, por haberle dado tantos disgustos.  

Hacía tiempo que el hombre andaba despistado. A veces se le olvidaban las llaves de casa cuando bajaba a comprar el pan y tenía que llamar a la vecina. La mitad de esos días, llegaba con las manos vacías. Otras se las dejaba puestas por fuera, metidas en la cerradura, hasta que algún vecino le llamaba al timbre cuando las veían desde el rellano de la escalera. Dejó de conducir porque le fallaban los reflejos. Y porque tampoco recordaba dónde lo aparcaba. La mitad de los días no comía. La otra mitad, no recordaba si había comido. Y así pasaba sus días, con más pena que gloria.

Pasó en el autobús por delante de un lugar al que hacía tiempo que no iba. El almacén donde trabajó de mozo antes de conocer a su Amparo y dejar ese trabajo por otro mejor que le permitiera sacar adelante a la familia que estaban a punto de formar. Ahí se fumó su primer cigarrillo a los catorce años. Eso lo recordaba bien. Le supo a rayos pero no tardó en cogerle el gusto. Decidió bajarse y pasear por los alrededores.

No había señal que le impidiera el paso al interior del edificio, como tampoco nada que le permitiera ver las pésimas condiciones de la infraestructura a consecuencia del abandono. Su cerebro no reparó en esos detalles. Todo estaba como el primer día. Un mal paso sobre un tablón de madera podrida propició su descenso a los infiernos para no salir nunca más.

Encontraron su cuerpo por casualidad, cuando un grupo de chavales se coló una noche de fin de semana para hacer botellón. Llevaba en el interior del agujero más de una semana. Los vecinos lamentaron su pérdida al enterarse por las noticias. Nadie había reparado en su ausencia por el barrio. A día de hoy, su coche continúa ocupando la plaza reservada en el garaje de la Comunidad, a la espera de que alguien del Ayuntamiento se lo lleve.

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Escena
La propuesta para este taller consiste en escribir un relato que COMIENCE con la frase «El hombre se transformó en…».

Reto opcional
Como reto alternativo os proponemos que todo el relato transcurra en el interior de un edificio abandonado.