Elazar

Votre juega con su ábaco de madera. No hace mucho que se lo regalaron y, ni siquiera sabe que ese artilugio con el que tanto disfruta sirvió a los Antiguos para realizar operaciones de cálculo. Pero a él no le importa eso. Solo juega con sus cuentas de madera. Las mueve de arriba a abajo para escuchar el sonido que hacen al chocar entre sí. Las alinea, las descompensa. Las mira pensativo. No le convence. Necesita la ayuda de su amigo, ya que nunca se equivoca.

Golpea el suelo con el pie tres veces y Elazar, el gigante con los ojos vendados, se agacha para poder pasar por el arco de una de las puertas. Después, se sienta en el suelo junto al niño, que pone el ábaco sobre la mesa. El pesado puño del gigante cae a plomo sobre el suelo. La mesa tiembla por el impacto y el ábaco se tambalea sobre ella.

—Siete —le dice el pequeño.

—Bonito número —responde.

El gigante se levanta con lentitud y le tiende la mano. Elazar y Voltre caminan hacia el interior de una sala oscura. Allí les espera El Juez, cuya larga túnica negra le cubre desde el rostro hasta los pies, sentado en su trono de huesos.

—¿Cuántos serán hoy?

—Siete, Señor.

—¿Es eso correcto, mi joven aprendiz? —El Juez se dirige al pequeño tras la respuesta del gigante—. Ya sabes que la Justicia es severa, no debes equivocarte.    

—No, Señor. El ábaco marcó siete y siete deben ser, como es justo.

—Que así sea, entonces. —Sentencia.

Voltre se sienta sobre las rodillas de El Juez y el gigante a la derecha del trono. De pronto, las luces se encienden y aparecen ante ellos siete individuos. Hombres y mujeres, niños y ancianos. Todo el mundo era feliz hasta que El Estado propició El Cambio y decidió encomendar sus decisiones en las manos de un elegido por La Luz Divina para impartir justicia.

A los pies de cada afortunado descansa un vaso de cristal que contiene un líquido amarillento. Tras la orden de El Juez, beben y, en cuestión de segundos, se desploman en el suelo. Qué mejor manera de acabar con el terrible mal de la superpoblación que otorgar a los habitantes igualdad ante la muerte.       

Tras el sonido seco de los cuerpos al caer sobre las tablas del escenario, se apagan las luces y cae el telón. El público se pone en pie y despide a los actores entre aplausos.

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  • Escena – La propuesta para este taller es que nos enviéis un relato que contenga las frase Todo el mundo era feliz hasta que…. 
  • Reto opcional – Como reto alternativo os proponemos que la última palabra del relato sea aplausos. 
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Antes de medianoche

Anora llora, como la madre orgullosa que ve a su hija feliz y enamorada en el día de su boda. Tantos meses de nervios y preparativos han merecido la pena. Cassandra luce como una princesa con su vestido de novia, mientras baila el vals junto a su marido en el centro del salón. No puede contener la emoción.

—No me llores más, mujer.

Paco, su consuegro, se acerca a ella ante la ausencia de su mujer, con esa forma tan casposa que le caracteriza. Ella le mira con desprecio y le espeta:

—Cree el ladrón que todos son de su condición.   

—No tengas tanto genio conmigo. No olvides que gracias a mi has conseguido que la interesada de tu hija se case con el imbécil de mi hijo. Que están enamorados, dice… —Se ríe—. Infeliz. No es digno de llevar mi apellido, el muy idiota.

Anora le mira de reojo, incapaz de reprimir una mueca de asco.

—No es más limpio el que más limpia, si no el que menos ensucia.

—Deberías tenerme en más estima ahora que somos familia, ¿no crees? —responde en un susurro. Sus labios rozan el lóbulo de la oreja de la mujer, que cierra los ojos y traga saliva.

—A la chita callando, hay quien se va aprovechando.

—Espero que no lo digas por todo este tinglado que ha salido de mi bolsillo. No te sientas mal por eso y vamos a llevarnos bien. Ya me entiendes. —Le guiña un ojo y da un trago a su copa de espumoso rosado—. Considéralo una contraprestación.

Desliza su mano por el recorrido que marca la cremallera del vestido de madrina sobre la espalda.

—Favor con favor se paga. —Le mira. Sus ojos púrpuras resplandecen a pesar de estar vidriosos.

—Así me gusta. —Sonríe el viejo carcamal.

De pronto, las luces del salón bajan de intensidad y crean una atmósfera tenue y misteriosa. Es medianoche y Anora suspira. Una tarta de tres pisos desciende desde la lámpara de araña que adorna la pista de baile, rodeada de un humo rojizo que provoca los murmullos de los asistentes. Los recién casados se miran y sonríen. Uno de los camareros entrega una espada a Cassandra, para que la corte como marca la tradición.

La sostiene con una mano ante la mirada de los invitados y de su propio marido, antes de cercenarle la cabeza. Su cuerpo se cubre de escamas debajo de su vestido salpicado de sangre. Los invitados intentan escapar, pero los accesos al salón están atrancados. Los familiares de la novia se convierten en seres alados que se disputan a los del novio. Los niños de las arras juegan con la cabeza de la mujer de Paco, que rueda por el suelo como una pelota de fútbol. El hombre ni siquiera es capaz de mirar a su consuegra, que aún continúa a su lado:

—A cada cerdo le llega su San Martín —le dice antes de arrancarle parte del cuello de un mordisco.  

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  • El primer requisito será que el relato sea de terror.
  • El segundo requisito será que el tiempo presente del relato ocurra durante una boda (ceremonia, convite, etc)
  • Uno de los personaje debe hablar únicamente con refranes (mínimo 3 intervenciones).

¿Por qué decidimos ser padres?

Cuando me propusieron el ejercicio de escribir sobre la toma de decisión de un personaje, tuve claro desde el primer momento lo que quería contar. La historia que escuché en boca de su protagonista y que me ha autorizado a plasmar en estas líneas. Hoy sale a la luz a modo de homenaje para sus luchadoras el día de su cumpleaños.

Dedicado a Susana, Arantxa y Helena


 

Tras seis años de novios y tres de casados, decidimos entrar en el maravilloso mundo de la paternidad. Después de pasarme un año entre calendarios, registros y prácticas que no daban resultado, tuve un retraso. Tampoco estaba muy animada pero fui a la farmacia por si sonaba la flauta. Y sonó.

—Isra, me he comprado un test y ha dado positivo, pero es de los baratillos y no me lo creo —dije a mi marido a bocajarro cuando le llamé—. Cuando salgas del trabajo, cómprame el mejor.

De nada sirvió. Toda la tarde venga a beber agua para que no tengas ganas en el momento oportuno. Mi marido, nerviosito perdido, me llevó al hospital y salimos de allí con nuestro informe de futuros padres.

Días de celebración y mucha alegría antes de la primera visita al ginecólogo para ver la ecografía de nuestro bebé. «¿Fecha de la última regla?». «Hace dos meses». Su cara reflejaba que era la loca del día, porque ya tenía panzón y utilizaba ropa premamá. Que si a veces nos confundimos con las fechas, que si sería más tiempo… ¡Como si no lo supiera yo! Las fechas son las que son, no hay más. Vimos por primera vez a nuestro bebé, una sardinilla con el corazón a dos mil. Pero… Un momento… No era una, ¡eran dos! Mi marido se fusionó con la pared y solo se le distinguían los ojos. Pestañeaba como un dibujo animado. Nadie de la familia nos creyó cuando les avisamos, hasta que vieron la ecografía.     

Continué feliz con mi embarazo gemelar hasta la ecografía de las veinte semanas. Tenía muchas ganas de que fueran niñas para vestirlas de rosa y ver todas las películas de Disney; también, de que me dijeran que todo iba bien. El primer bebé era una niña y no paraba de moverse, lo curioso es que yo no lo sentía. El segundo apenas se movía. Transfusión feto fetal, es decir, exceso de líquido en el saco amniótico. El doctor me habló de una cirugía para desconectar la unión de ambos sacos en en el Hospital Vall d’Hebron. «Mientras hay vida hay esperanza», dije, ya que la solución que me planteaban era inviable.

El cuatro de julio nos esperaba la doctora Carrera en Barcelona. Nos levantamos con la duda de saber qué iba a pasar. Incluso, mi marido olvidó que era su cumpleaños. Lo celebramos en el desayuno, por si se nos quitaban las ganas. Me confirmaron la transfusión feto fetal de nivel dos, es decir, grave. Me informaron que la probabilidad de que el embarazo llegara a buen término era del ochenta por ciento, pero también podía fallar en cualquier momento. Además, me recordaron que mi caso estaba amparado en el marco legal. Acababa de ver a mis niñas, me aseguraban que podían salvarlas, ¿y me hablaban de aborto? Me rompí. «¡Va a salir bien! ¡Mis niñas están sanas y va a salir bien! ¡Mis niñas tienen que nacer!»

Ingresé al día siguiente. A todo o nada. «¿Saldrá bien? ¿Valdrá la pena tanto esfuerzo? ¿Y si no sale? Mi niñas no tienen la culpa, no deberían pasar por esto». Estos pensamientos se cruzaban en mi cabeza a la velocidad de la luz mientras mi marido y mi madre lloraban como dos desalmados. Ya en quirófano, respiré hondo y comenzó la operación. El resultado fue un éxito y la doctora se sintió muy orgullosa de mi por no darme por vencida y luchar por mis hijas. Cuatro días después, nos marchamos a casa.  

Esta Odisea termina cuando el diez de octubre, día de mi cumpleaños, comenzaron las contracciones. Fuimos al hospital y me quedé en observación hasta el día doce. Me resultaba extraño que al ser festivo tuviera tanto control en la habitación. Al poco tiempo, entró un ginecólogo corriendo y me indicó que había que entrar al quirófano. Sufrimiento fetal. Las niñas tenían que nacer. Me cambiaron de ropa como pudieron y, debido al poco tiempo que teníamos, no pudieron ponerme anestesia general ni epidural. Optaron por la intradural.

Realizaron la cesárea de urgencia. La primera en salir fue Helena y después Arantxa. Cuando me las acercaron solo pude darles un beso en la cabecita antes de que se las llevaran a la incubadora. Fui a verlas a la mañana siguiente. Pesaban  menos de dos kilos y medían cuarenta y cuatro centímetros, estaban llenas de cables y conectadas a un respirador. Su estado era crítico. Las ilusiones que te haces cuando piensas en el embarazo, con su parto y tu bebé en brazos al estilo película, no se pudieron cumplir.

Por suerte, mis niñas mejoraron. Cuatro días más tarde pudimos sacar a Arantxa de la incubadora para darle el biberón, a pesar de los electrodos y las sondas. Recibí el alta y solo podíamos pasar a visitarlas cada tres horas en la UCI. Después de quince días, Arantxa es la primera en salir. Helena necesitó tres días más para que estuviéramos los cuatro juntos en nuestra casa.

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Los girasoles

Nacimos y crecimos libres bajo el sol, que nos hizo madurar con su calor hasta alargar nuestros tallos hacia lo más alto. Su amarillo es el color de nuestra piel y seguir su estela desde el amanecer hasta el ocaso es la razón de nuestra existencia. Necesitamos su luz para vivir, al igual que el agua de la lluvia, la tierra y el oxígeno. Pasamos la vida pendientes de nuestro sol y de nosotros mismos. Nos agrupamos y nos cuidamos como la gran familia que somos, como iguales, sin importarnos qué había más allá de nuestro hogar. Pero un día, el amarillo se tiñó de rojo y comprendimos que no era bueno mirar para otro lado. Seguir leyendo “Los girasoles”

Grafitti

Nico e Iván se hicieron inseparables desde el día que se conocieron en el instituto. Iban a la misma clase, eran compañeros de pupitre y pronto se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común. Les gustaba el baloncesto, los videojuegos y el rap; aunque eran bastante malos con las rimas. Una vez, participaron en una pelea de gallos. Les abuchearon y casi les linchan, pero les dio igual. Seguir leyendo “Grafitti”

Nihontō

Nací del fuego y el metal, forjada entre el calor y el agua fría que me moldeó hasta convertirme en un arma ligera y poderosa, digna del mejor guerrero bushin. La misión de una espada como yo es servir a su amo con tanto honor como él sirve a su daimyō, y desde que puso su mano sobre mi trenzado supe que nuestras almas serían una. Seguir leyendo “Nihontō”

Ma Baker

Abre los ojos y observa la tímida luz que se cuela por la ventana de la habitación del apartamento. A su derecha, el reloj marca las seis. Se levanta y se cubre con el picardías negro de seda antes de ir al cuarto de baño. A pesar de su sigilo, le despierta. Hace tiempo que Carter tiene el sueño demasiado ligero. El Caso Ma Baker ocupa la mayor parte de su tiempo y se ha convertido en un quebradero de cabeza. Seguir leyendo “Ma Baker”