En el olvido

El hombre se transformó en piel y huesos en el interior de aquel edificio abandonado.

Eugenio, de ochenta y cinco años, salió a dar su paseo como cada día. Recorrió el parque que hay a escasos metros del bloque donde vive desde que se casó, se sentó en el mismo banco de siempre a descansar un poco antes de coger el autobús para llevarle flores a su mujer. Un ramo de margaritas, como a ella le gustaban.

Siempre pensó que se marcharía antes que ella. Ha tenido muchos más achaques y se ha cuidado mucho menos. También fumaba como un carretero hasta que tuvo un infarto a los sesenta años. Desde entonces, ni tabaco, ni sal. Y muchos paseos. Sin embargo el corazón de Amparo, su Amparo de su alma, la mujer con quien ha compartido su vida desde antes de cumplir la mayoría de edad, se paró de madrugada un año después. No sufrió, a Dios gracias. El golpe fue tan grande que nadie ha conseguido alejar de su mente la idea de que gran parte de la culpa es suya, por haberle dado tantos disgustos.  

Hacía tiempo que el hombre andaba despistado. A veces se le olvidaban las llaves de casa cuando bajaba a comprar el pan y tenía que llamar a la vecina. La mitad de esos días, llegaba con las manos vacías. Otras se las dejaba puestas por fuera, metidas en la cerradura, hasta que algún vecino le llamaba al timbre cuando las veían desde el rellano de la escalera. Dejó de conducir porque le fallaban los reflejos. Y porque tampoco recordaba dónde lo aparcaba. La mitad de los días no comía. La otra mitad, no recordaba si había comido. Y así pasaba sus días, con más pena que gloria.

Pasó en el autobús por delante de un lugar al que hacía tiempo que no iba. El almacén donde trabajó de mozo antes de conocer a su Amparo y dejar ese trabajo por otro mejor que le permitiera sacar adelante a la familia que estaban a punto de formar. Ahí se fumó su primer cigarrillo a los catorce años. Eso lo recordaba bien. Le supo a rayos pero no tardó en cogerle el gusto. Decidió bajarse y pasear por los alrededores.

No había señal que le impidiera el paso al interior del edificio, como tampoco nada que le permitiera ver las pésimas condiciones de la infraestructura a consecuencia del abandono. Su cerebro no reparó en esos detalles. Todo estaba como el primer día. Un mal paso sobre un tablón de madera podrida propició su descenso a los infiernos para no salir nunca más.

Encontraron su cuerpo por casualidad, cuando un grupo de chavales se coló una noche de fin de semana para hacer botellón. Llevaba en el interior del agujero más de una semana. Los vecinos lamentaron su pérdida al enterarse por las noticias. Nadie había reparado en su ausencia por el barrio. A día de hoy, su coche continúa ocupando la plaza reservada en el garaje de la Comunidad, a la espera de que alguien del Ayuntamiento se lo lleve.

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Escena
La propuesta para este taller consiste en escribir un relato que COMIENCE con la frase «El hombre se transformó en…».

Reto opcional
Como reto alternativo os proponemos que todo el relato transcurra en el interior de un edificio abandonado.

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¡Sorpresa!

“¡Kikirikí!”

El canto del gallo le despierta. Apenas puede abrir los ojos y le martillea la cabeza. Se lleva la mano a la frente con un gesto de dolor y descubre que una pequeña llave cuelga entre sus dedos, anudada con un cordel. Su brillo al exponerse a la luz del sol le deslumbra y entrecierra los ojos mientras piensa en la gravedad de su cogorza y en sus hechos previos. Esta resaca es de las que hacen historia.

—¡Jajajaja! ¡Arriba Bella Durmiente, que ha llegado tu príncipe! —Las risas y los gritos de su mejor amigo aumentan el malestar del pobre Luis—. No me seas lila y levántate del suelo, que menudas pintas llevas… Estás hecho un guarro y hueles a choto.

—Tío… ¿Qué pasó anoche?

—¡No te creo, tío! —Juan se lleva las mano a la cabeza— ¿De verdad no te acuerdas de nada?

—¡No me vaciles, tío! Me despierto al raso y oliendo a mierda, y tú no tienes otra cosa mejor que hacer que partirte el culo a mi costa. Te conozco y sé que me has liado algo. Y me has puesto esta llave aquí que no tengo ni idea de para qué sirve.

—¡Venga ya, Luisito! ¡Es imposible que no te acuerdes! Anoche montamos un fiestón. Celebramos tu despedida de casado por todo lo alto, campeón… Es broma. En serio. Solo hicimos turismo rural.

—¿Y la llave esta para qué es?  

—¡Buf! ¡De verdad, qué cansino eres, tío! Cuando se te mete un runrún en la cabeza no hay quien te saque de ahí. ¿Para qué va a ser la llave, a ver? Pues para abrir una cosa.  

—Desde luego… No sé cómo he podido vivir sin ti todos estos años…

—Eso mismo me pregunto yo.  

Juan le tiende la mano y le ayuda a levantarse. Resignado, Luis entra en la pequeña casa de pueblo y estudia con detenimiento cada rincón. De pronto, encuentra una caja negra y brillante con una minúscula cerradura dorada, encima de la mesa de madera antigua que preside el salón.

—¡¿Qué hay en la caja?!

—¡Ay, joder! ¡Qué susto! —exclama Juan con la mano en el pecho—. ¡Deja de pegar voces y ábrela!

Luis traga saliva. Piensa en las veces que se ha visto metido en líos por culpa de su querido amigo y le teme más que a una vara verde. Tiene la boca pastosa y las manos pegajosas por un sudor frío, pero al final se decide y abre la caja.

—¿Qué… es esto?

—¡Tachán! Ves, tontito. Si es que te preocupas por nada, Luisito. ¿Cuándo te he hecho yo algo malo?

—¿Luis? —Una voz de mujer se escucha desde el piso de arriba—. ¿Cariño, ya has vuelto? —Mira a su amigo con desconfianza y enormes ganas de matarle—. Anda, sube. Que llevo un rato esperando mi desayuno…  

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a. El relato debe tener tres onomatopeyas de categoría A y B (mínimo una de cada).

b. El/la protagonista despierta con una llave en la mano.

c. Debe aparecer la frase: “¿¡Qué hay en la caja?!”.

Amantes

Apenas nos conocemos. Aunque intento recordarlas, no soy capaz de saber con seguridad las veces que nos hemos visto. ¿Dos? ¿Tres, quizá? No lo sé, pero cuando estoy con ella pierdo la noción del tiempo. Es un sentimiento estúpido, y más para un hombre como yo.

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Hugo

—Al principio pensamos que era algo normal. —La mujer de marcado acento mejicano alisa los pliegues de su falda—. Llegaba del colegio, le ponía la merienda y hacíamos los deberes. Después, subía a la habitación a jugar con sus muñecos.

—¿Y cuándo se produjo el cambio? —Mi pregunta le sobresalta y da un respingo sobre la silla. Necesito que vaya al grano.

—Una tarde me dijo: «Mamita, Hugo me habla».

—Esa criatura le tiene enfermo en el hospital. —La interrupción del padre del niño hace que me fije en él. Tiene el rostro cetrino y los ojos abiertos con expresión de terror—. Tiene que hacer algo.

—Miren… No creo que este sea un caso para mí. Lo siento mucho.

La madre cierra los ojos y rompe a llorar, con las manos sobre el pecho. Me recuerda a una de esas vírgenes dolorosas del Renacimiento. Me siento culpable pero, ¿qué puedo hacer? ¿Aprovecharme de su dolor para sacarles la pasta?

—Ese demonio quiere llevárselo. —La mirada del hombre me da escalofríos.

La madre continúa con su desconsuelo en profundo silencio, mientras se seca las lágrimas con un pañuelo de papel casi desecho.

—¿Cómo llegó a manos del niño?

—Apareció dentro de la caja que guardaba las cosas de mi hijo cuando hicimos la mudanza. —Se revuelve en la silla—. Lo comunicamos a la empresa de transportes pero nadie lo reclamó.

—¿Y han probado a deshacerse de él?

—Cada vez que lo he tirado a la basura, aparece en su lugar —responde la madre con voz queda.

—¡Por el amor de Dios! ¡Es surrealista!

Me llevo las manos a la cabeza ante lo inverosímil de la situación, hasta que el hombre se pone de pie y deja caer los puños sobre mi mesa con un golpe sonoro.

—¡No bromee, pendejo! —Su dedo índice apunta a escasos centímetros de mi cara—. No lleva pilas ni va a cuerda,  pero le juro por lo más sagrado que le he escuchado hablar. Ese cabrón está vivo.

—¿Dónde está? —pregunto.

El padre me perdona la vida desde el asiento del copiloto y la madre reza el Rosario en la parte trasera de mi coche mientras conduzco hacia su casa. Después de seguir sus indicaciones, aparco frente a esa casa modesta. Me invitan a pasar y me conducen escaleras arriba hasta el dormitorio del crío. Me sorprendo al ver la puerta atrancada con un grueso tablón de madera y cerrada con llave.

Cuando la abre, le encuentro sentado sobre la colcha infantil y trago saliva. No es posible. Yo mismo le descuarticé, le rocié con gasolina y le prendí fuego cuando mató a mi hijo. Pensaba que había terminado con él, pero he estado equivocado todos estos años.

El pequeño oso de trapo con el cuerpo relleno de algodón, cosido a costurones, gira la cabeza y me mira con sus ojos de botón. Después, alarga la costura de su boca hasta formar una sonrisa aterradora. Ese niño le da igual. Solo quiere matarme.

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  • Relato tenga seis acotaciones no dicendi.
  • Un objeto inanimado debe cobrar vida.
  • El relato empiece con “Al principio”.

 

Bastet

Dedicado a aquel mortal que se enamoró de la luna.


 

Sus ojos ámbar centellean al despertar en la oscuridad de su cueva. La visión le ha sorprendido de madrugada. Estira su larga figura negra para desperezarse antes de salir a la fría noche.

Se encarama de árbol en árbol para llegar a lo más alto de acantilado, el lugar donde se encuentra la guarida del Guardián. Hace seis años que no sale de su fortaleza de piedra. Algunos aseguraban que se había marchado, otros que la soledad le había matado; pero solo Bastet sabía la verdad. Leal y discreta, jamás ha revelado su paradero. Seguir leyendo “Bastet”

Liberada

Escucho el estruendo metálico que retumba tras cerrar la puerta y el golpe sordo de las palancas de seguridad, antes de que el tubo de escape de la vieja furgoneta proteste, ahogado, antes de arrancar. A partir de ahora, cada segundo cuenta.     Seguir leyendo “Liberada”

52 Retos de escritura 2018

Un año más LiterUp, una de las plataformas online en las que participo con relatos de forma mensual, publicó a primeros de año sus retos de escritura para animar a aquellxs valientes y amantes de las letras a participar.

Y otro año más, me quedo a medio camino del objetivo marcado, y esta vez en sentido literal. La experiencia, como el año anterior, ha sido muy buena, pero por desgracia, las circunstancias no siempre favorecen la creatividad…

El próximo año me lo plantearé de otra manera para, al menos, cumplir con los objetivos que me marque.

Mientras tanto, a pesar de haberse publicado cada día correspondiente, os dejo con la recopilación de esos relatos.  

52 Retos de escritura 2018