Falta personal

Después de mucho insistir, sus amigos han conseguido sacarle de casa tras meses sin verse. Desde que su pareja hizo las maletas y se marchó sin dejar una miserable nota de despedida, no había vuelto a pisar la calle. Al día siguiente pidió todas las vacaciones que le quedaban hasta final de año y se encerró en casa a esperar vete a saber qué. No quería ver a nadie, ni siquiera a su hermano, la única persona que supo de su desgracia desde el principio y a quien le hizo prometer que no diría nada, que ya lo haría él cuando estuviera preparado. Poner fin a tantos años de relación no es fácil, pero hacerlo de esta manera es una putada.

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Bailarina

Suena la música y se encienden las luces. El murmullo sorpresivo del público que abarrota las butacas del teatro llega hasta sus oídos. Situada en la primera fila del gran escenario, siente el golpeteo de los latidos de su corazón inquieto ante su debut que se acompasa ante los primeros acordes de la melodía que interpretan. Cada golpe, un paso. Cada pausa, un cambio de posición.

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Al final del jardín

La pelota rueda sobre los adoquines grises del barrio residencia mientras la pequeña Chloe corre tras ella. Su madre le sigue de cerca sin perderla de vista y empuja el carrito de bebé con cuidado de no despertar a su hermanito. La inercia frena el avance del juguete esférico frente a una casa con jardín. Chloe levanta la pelota y llama la atención de su madre.

–¡Mamá, mira! –Señala y hace aspavientos para que se acerque rápido, pero no le hace caso y corre hacia ellos– ¡Mamá, ven! ¡Tienes que verlo!

–No grites, Chloe. Vas a despertar a tu hermano.    

–¡Pero tienes que darte prisa!

Sin prestar demasiada atención a las advertencias de la niña ni acelerar el paso, se detienen al llegar al lugar.

–A ver, ya hemos llegado –dice–. ¿Qué quieres que vea con tanta urgencia?

–¡Allí! ¡Allí, mamá! –Señala de nuevo.

El sol del mediodía impide su visión y se coloca la mano sobre los ojos a modo de parasol. Se agacha a la altura de su hija con la mirada fija hacia donde apunta su dedo índice. Entonces, puede distinguir una silueta, suspendida a gran altura, agarrada a una de las ramas altas de un árbol.

–No pasa nada, cariño. Solo es alguien que hace deporte –dice para intentar tranquilizar a su hija, aunque desde su posición parece que el sujeto no se mueve.

–¿Qué está mirando, señora? –Una voz fuerte y áspera se dirige a ella desde la puerta de la casa– ¿Qué hace husmeando en mi jardín?

–Perdone, señor –responde y oculta su sobresalto–. Mi hija ha creído ver algo en su jardín y quería enseñármelo, pero no hay nada. –Lanza una última mirada antes de agarrar con fuerza la mano de la niña y marcharse–. Disculpe si le hemos molestado.

El hombre les ve alejarse calle abajo desde la puerta y regresa dentro de la casa. Mira el reloj. Aún no ha pasado el tiempo suficiente pero no puede arriesgarse a tener otro contratiempo o a recibir una visita de la policía. Esa mujer le ha visto y debe pensar en algo. Coge la escalera y se encarama al árbol con un martillo para sacar los clavos que le mantienen sujeto a la gruesa rama y aguanta el peso de su cuerpo debilitado, aún con vida. Pero no por mucho tiempo.

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Limpieza de armario

Desliza la cerilla sobre la esquina de la caja con un movimiento rápido y seco de su muñeca derecha. Sostiene un papel amarillento entre los dedos de la mano derecha.

Aquella carta apareció de forma inesperada entre toneladas de extractos bancarios que guardaba desde hacía años, cuando aún no existía la banca por internet. Al ver que se trataba de una hoja cuadriculada, doblada en cuatro mitades y con las barbas sin recortar, la abrió sin más.

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Samaín

Esta es mi noche favorita del año desde que soy niño. Mi abuelo me contaba historias que hablaban de hadas y espíritus mientras vaciábamos una calabaza para hacer un farol, que dejábamos encendido en la puerta de la calle durante toda la noche. Aquí, en la Costa da Morte, todo es mágico y puro. Conservamos nuestras raíces celtas y nuestras tradiciones que antaño perdimos, hasta que el bueno de Rafael López Loureiro las rescató de los escritos y las hizo resurgir.  Seguir leyendo “Samaín”

Jubilación

Hacía tiempo que no corría por el Paseo de la Castellana sin escolta. Tampoco le hubieran permitido salir con la Harley de madrugada después de su reciente operación de cadera y cinco jarras de cerveza. La puede liar parda pero le da igual. Su imagen ya está bastante dañada como para que le importe. Además, ningún municipal se atrevería a multarle. Apuesta a que nadie se ha dado cuenta de su travesura nocturna y se recrea de vuelta a casa en el anonimato que nunca he tenido. Siempre expuesto y señalado. Ya está harto.

Entra en casa por la puerta de atrás y sin dar explicaciones al personal de servicio que le invita a entrar con reverencia. De eso también está harto. Del servilismo y la servidumbre. De no poder viajar solo sin salir en la prensa o en algún programa de mierda, o de viajar con alguien que no sea de su familia y le inventen aventuras extramatrimoniales. Que las tiene, pero a nadie le importa su intimidad. Hoy prefiere dormir solo en el cuarto de invitados pero antes debe realizar una parada y dejar clara su decisión. Una habitación que todo el mundo conoce y que sale por televisión cada veinticuatro de diciembre.

«A tomar por culo. Lo dejo»

Entre la vida y la muerte

—Vete, por favor.

Está cansado. Tanto, que no aparta la mirada de la pared mientras escucha el ruido furioso de sus apresurados pasos al marcharse de la habitación. Él mismo podría ser una de esas baldosas heridas, pero hace tiempo que su espíritu se encuentra bastante lejos de su cuerpo y ya no siente nada. El egoísmo es ahora su mejor amigo tras haberse separado de aquellos a quien quiso. De su familia, amigos y, por último, de ella. Cierra los ojos y por fin respira tranquilo.

Hace un par de años que carga con un okupa en su interior. Intentó echarlo pero con el tiempo ha ganado en fuerza y en agresividad, con ganas de colonizar su organismo y clavar su bandera victoriosa. Le ha plantado cada en el ring de la supervivencia y ha aguantado todos sus golpes sin poder hacer más que cubrirse para que el daño fuera menor. Nunca perdió la esperanza en que firmarían la paz, pero el último derechazo le ha dejado K.O.

Mira el calendario que tiene sobre la mesilla de metal. Después, recorre con la mirada el camino de las sondas que parten de su brazo y terminan conectadas a una bolsa suspendida en el cabecero de la cama. El calmante se ha acabado y la enfermera vendrá pronto a poner una nueva dosis. Y esa idea que le ronda en la cabeza cobra cada vez más fuerza, a pesar de que todavía le quedan días por delante.

«Un mes, como mucho». Desde que el doctor le habló con total claridad y con la mayor precisión posible en estos casos, empezó a pensar. Ingresó en el hospital sin dar más explicación que la de una recaída más y retirarse a esperar el final, como el león anciano del documental que había visto días atrás, en silencio y con dignidad. Pero no contaba con lo insoportable que resulta la incertidumbre, que le mata al mismo tiempo que la enfermedad. A falta de bolígrafo, tacha los días mentalmente con una gran cruz roja.

—¿Cómo te encuentras, Carlos? —La enfermera irrumpe en la habitación con esa energía desbordante que le agota.

—Me duele la cabeza —. Miente. Lo dice para evitar conversación.

—¡Ah, bueno! —Estudia la bolsa vacía— Ahora te enchufo otro calmante y verás como te quedas tranquilito.

Como cada vez que se produce el cambio de medicación, repasa la rutina que ya ha memorizado. La enfermera cierra la llave de paso que conectar la vía al catéter antes de descolgar la bolsa vacía. Una vez cambiada, gira la pequeña ruedecilla que activa el recorrido del suero intravenoso al interior de su torrente sanguíneo, con esa sensación de frialdad que le estremece, e inyecta el contenido de la jeringuilla que guarda en el bolsillo de la bata a través de la válvula.

De pronto, se escucha la alarma de emergencia y enfermeras corren por el pasillo.

—¡Cris, te necesitamos! —le gritan desde el marco de la puerta. Echa a correr junto a ellas, recoger el material sanitario de la habitación; incluida la jeringuilla vacía que Carlos consigue alcanzar de la mesilla de metal. La agua parece tener el mismo encantamiento que la rueca de La Bella Durmiente. Y la idea aparece de nuevo en su cabeza. Sabe que si sube el émbolo, el tubo se llenará de aire. También sabe que tiene poco tiempo para actuar y no se lo piensa dos veces.

Eritrocitos en torrente sanguíneo

Paloma

Suena la alarma del móvil. Son las doce del mediodía, la hora de sus quince minutos de descanso. Baja la pantalla del portátil y se cambia los zapatos de tacón por las deportivas que guarda en el último cajón del escritorio. Se acerca al perchero y rebusca en el interior de su bolso una pequeña bolsa de plástico llena de pan desmigado, se pone la gabardina y sale del despacho en dirección a las escaleras a paso ligero. Sus compañeros ya no se extrañan al verla cruzar la calle con semejante aspecto, con el pelo recogido en un improvisado moño que le da ese aire infantil y despreocupado, camino del parque que hay frente a la gigantesca torre de negocios.

Allí, se sienta en su banco, situado en una pequeña plaza adoquinada, siempre vacío a esa hora para mantener el pacto que tienen desde hace años; y da de comer a las palomas que caminan tranquilas y canturrean de esa manera tan especial. Esparce un poco de pan mientras silba esa canción de la que no conoce la letra pero recuerda desde el día que nació y pronto se acercan a picotear el alimento, cerca de las rayas diplomáticas de su pantalón, hasta que la alarma le devuelva al vertiginoso ritmo de vida de directora ejecutiva. Ahora disfruta de su momento de paz en compañía de las aves que le trasladan a esas mañanas de domingo con su abuelo. En ese mismo parque y en ese mismo banco. Nunca faltaban a su cita y aunque hace años que no está, ella mantiene la costumbre.

—¿Qué miras pequeñaja?

—Eso —señala con el dedo al gran edificio que podría hacer sombra a los árboles del parque—. Cuando sea mayor, trabajaré allí.

—Y yo que lo vea.

El abuelo eligió su nombre, Paloma, porque estaba convencido de que volaría alto desde el día que nació.

Dar de comer a las palomas, un gesto peligroso para tu salud

El traidor

El vehículo oscuro avanza sigiloso y con las luces apagadas por la urbanización a altas horas de la madrugada hasta detenerse frente a su objetivo. El conductor comprueba que todo está en calma y mira el reloj. Calcula que en menos de dos minutos, el vigilante de seguridad pasará a hacer la ronda y no volverá hasta dentro de una hora; por tanto, espera sentado frente al volante mientras se cambia los zapatos y se pone guantes. Observa por la ventanilla el paseo tranquilo del hombre de mediana edad que alumbra con la linterna de lado a lado de la calle sin extrañarse de su presencia y sigue su trayectoria hasta que le pierde de vista. Entonces, sale del coche.

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La ofensa

Llaman conciencia al conocimiento que el ser humano tiene de su propia existencia, un conocimiento responsable y personal sobre algo determinado, como un deber o una situación. Sin embargo, hay ocasiones en las que las acciones dejan mucho que desear. 

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