El Caso Catrina

Relato en el que aparezcan las palabras “espejo” y “bosque” y, a ser posible, que sean elementos determinantes en la historia. Como reto extra y opcional, incluid en vuestro relato a un personaje que siempre miente.


Buenas noches.

Hoy, en nuestro Programa de Actualidad, vamos a abordar la historia que ha conmocionado a esta ciudad durante las últimas semanas. Si les dijese el nombre de Judy Mitchel, seguramente nadie sabría de quién estamos hablando. Pero, ¿y si les digo Catrina?

Esta noche contamos con información de primera mano y en exclusiva para nuestro programa sobre la desaparición y posterior asesinato de la joven de dieciocho años.

Pero antes, vamos a remontarnos al inicio de los hechos. A la madrugada del 1 de noviembre, noche en la que se celebraron numerosas fiestas de Halloween en multitud de viviendas, universidades, y bares de la zona.

Catrina, que es el nombre con el que los medios de comunicación y ciudadanos de a pie hemos bautizado a Judy, acudió a una de esas fiestas en compañía de su hermano mayor, Brandon Mitchel, y sus amigas Helen y Alice, cuya información no ha trascendido.

Según el informe policial, el listado de reservas del local donde se celebró el evento, y al que acuden muchísimos jóvenes cada fin de semana, sitúa al grupo de amigos en el interior de la sala sobre las once de la noche.

Ahora, planteamos los primeros interrogantes: ¿Qué pasó en esa sala? ¿Hasta qué hora permanecieron dentro? ¿Perdieron de vista a Catrina en algún momento? Bien. Avancemos un poco más.

Una vez concluida la fiesta, las amigas de Catrina y su hermano regresaron a sus respectivas casas. Hasta aquí todo normal. Pero a la hora de comer, los padres de los hermanos Mitchel notaron la ausencia de su hija al descubrir que no estaba en su habitación.

La presión se apodera del primogénito, quien asegura que no supo nada de su hermana desde que entraron en la discoteca, que ella se marchó con sus amigas por un lado y él por otro; y contacta con Alice y Helen, para saber si había pasado la noche con alguna de ellas.

La familia y las amigas comienzan a preocuparse por lo sucedido, porque Catrina nunca se hubiese marchado sin avisar, y sospechan que algo ha podido pasarle; por lo que acuden a las dependencias policiales a denunciar su desaparición.

Los agentes tomaron declaración a las tres últimas personas que la vieron aquella noche. Este programa cuenta con información clave sobre los hechos:

Su hermano Brandon, la acompañó con sus amigas en coche, y una vez dentro se separó de ellas, se tomó un par de copas y se marchó a casa sobre las tres de la mañana, sin darse cuenta de que su hermana no había llegado:

«Supuse que se habrían ido a dormir las tres a casa de Helen, como hacen algunos fines de semana.» —alegó.

Alice, aseguró haberse tomado una copa con Catrina y Helen en una de las mesas de la sala, y después salió a la pista a bailar. Allí conoció a otro joven con el que estuvo charlando hasta bien entrada la madrugada y que, finalmente, le acompañó a casa.

La versión de Helen coincide con la de Alice en que se tomaron una copa juntas. Después, las amigas se quedaron solas en la mesa “hablando de sus cosas”:

«Judy es como una hermana para mí. Nos lo contamos todo (…) Estuvo dándome ánimos, porque lo acabo de dejar con mi novio y estaba de bajón. Ella fue quien me obligó a ir a la fiesta para despejarme.» —y concluyó— «No me encontraba bien y pasaba de amargarles la noche. Le escribí un Whatsapp para decirle que me iba y me fui a casa poco antes de la una.»

En último lugar, prestaron declaración de forma voluntaria el señor y la señora Mitchel, de forma conjunta:

«Es la primera vez que mi hija va a una fiesta de ese tipo. Le pedí a Brandon que fuera con ella, para quedarnos más tranquilos (…) Me pasé toda la tarde ayudándole a preparar el disfraz, porque le hacía ilusión vestirse de Catrina, esas calaveras mejicanas.» —dijo la madre

«¡Mi hija nunca se iría de casa de esta forma!» —inquirió el padre, bastante enfadado, cuando la policía le planteó la posibilidad de que la joven se hubiese marchado por voluntad propia.

Tras las tensiones vividas en la sala de interrogatorios, se sucedieron unas eternas horas de espera, hasta que la policía se puso en contacto con la familia para comunicar que habían encontrado el cuerpo sin vida de Catrina en un bosque a las afueras de la ciudad.

Estaban casi seguros de que era ella, por las fotografías que el señor y la señora Mitchel habían presentado para agilizar las labores de búsqueda, y porque llevaba un disfraz muy parecido al descrito por la madre de la joven. Pasado el reconocimiento oficial en el Anatómico Forense, no había dudas.

Disponemos de unos fragmentos del resultado de la autopsia:

«El cuerpo presenta signos de descomposición, no demasiado avanzados (…) y un fuerte golpe en la parte frontal del cráneo. No se han hallado signos de forcejeo ni restos de ADN en las uñas de la víctima (…) Se observan restos de cristales en el traumatismo (…) El análisis toxicológico revela altos niveles de alcohol y benzodiacepinas en sangre.»

Cuando trascendió esta información, ni los familiares, ni las amigas de la víctima, dieron crédito; pues Judy no era una bebedora asidua, ni padecía ningún tipo de trastorno para recurrir a ese tipo de medicación. Al menos, eso era lo que pensaban.

Las investigaciones siguieron su curso a pesar de que las hipótesis de la policía apuntaban a un suicidio o a un intento de disfrutar de la fiesta con consecuencias mortales. Seguramente, la joven estuviese tomando la medicación sin que su familia lo supiese.

Sin embargo, los forenses no aprobaban esta versión. Aseguraban que la causa de la muerte fue el traumatismo, por lo que existía la posibilidad de que Catrina hubiese sido asesinada y drogada posteriormente.

Mientras tanto, la familia pudo enterrar a Judy en la más absoluta intimidad.

Semanas después, retomaron la búsqueda de indicios por parte de la policía, ya que no había nada concluyente. Los forenses insistían en que si la joven hubiese sufrido un shock a consecuencia de mezclar alcohol con benzodiacepinas en el interior de la discoteca, los miembros de seguridad de la sala hubiesen encontrado el cuerpo antes o después, pero alguien tuvo que sacarlo de allí.

Estaban convencidos de que «(…) Fue atacada por la espalda, golpeada contra un espejo —esta información se determina por los resultados obtenidos del análisis de los restos de cristal hallados en el cráneo de la víctima, alcoholizada y drogada aprovechando su inconsciencia tras la contusión.»

La policía acudió al lugar donde apareció el cuerpo de Catrina, acompañada de una Unidad Científica y un Equipo de Rastreo, para buscar restos que pudiesen servir de prueba en el caso. Encontraron algunos elementos que formaban parte del disfraz de la joven, como un par de uñas postizas o trozos de la tela del traje.

Pero nadie reparó en los detalles sobre el disfraz de la joven, que la madre declaró en comisaría:

«Llevaba la cara pintada de blanco, con rodales negros en los ojos y pintura negra en los labios, como si estuviera cosida. Me pidió que le pintara adornos de color rosa, a juego con la peluca.»

La policía se centró en buscar aquella peluca, que no apareció; ya que, por las particularidades del terreno, no era posible encontrar huellas claras de neumáticos.

Regresaron al punto de partida: el local, que permaneció cerrado desde la desaparición de Catrina.

Previa orden judicial, inspeccionaron el escenario de la fiesta e interrogaron al personal de sala por si hubiesen visto algo extraño, pero no hubo resultado.

Realizaron una minuciosa recogida de huellas en gran parte del mobiliario, como los vasos o las mesas, hasta que encontraron lo que buscaban en el aseo de señoras.

Uno de los espejos  del lavabo estaba roto y la peluca apareció en el interior de un inodoro. Lamentablemente, había pasado mucho tiempo sumergida y ello había eliminado cualquier huella.

Poco quedaba por hacer, salvo esperar a que el resto de pruebas arrojasen algo de luz antes de que la Fiscalía archivase el caso; pero para ello debían esperar un par de semanas y no disponían de tanto tiempo.

Se solicitó un aplazamiento alegando que sólo tomarían en cuenta las huellas recogidas en el baño de mujeres, pues fue el último lugar en el que Catrina había estado con vida y donde fue atacada. Una de las pisadas encontradas pertenecía a un hombre.

Planteamos nuevos interrogantes: ¿Qué hacía un hombre en el baño de mujeres? ¿Acaso las huellas pertenecían al asesino? Demasiadas preguntas para una información tan amplia.

La policía recurrió nuevamente al listado de reservas de aquella noche, para interrogar a todos los hombres que acudieron a la fiesta y tomarles la medida del pie. Entre todos, encontraron cinco coincidencias: Brandon Mitchel, Christian Walters, Peter Malcom, Bruce Mellers y Jonathan Parker.

Sin entrar en muchos detalles, vamos a mostrar un breve perfil de cada uno de ellos:

Christian Walters es un universitario de veintitrés años, con gran rendimiento académico y que forma parte del equipo de futbol del campus. Fue al local con un grupo de amigos a jugar unas partidas de billar antes de que empezase la fiesta:

«Cuando aquello se empezó a llenar de muertos vivientes, nos fuimos (…) Llegué a la residencia antes de las doce. Pueden preguntarle al conserje.»

«Peter Malcom es cliente habitual de nuestro local, un pobre desgraciado, sin mujer ni hijos —aseguraron los dueños antes de que la policía le interrogase (…) Le gusta sentarse en la barra para beberse unos wiskys y contarle sus penas a Sally, nuestra camarera (…) Siempre es el último en salir, pero nunca da problemas.»

Cuando la policía interrogó al interesado, alegó estar tan sumamente borracho que no recordaba nada; y mucho menos, reconoció el retrato de la joven.

Bruce Mellers formaba parte del grupo de amigos de Christian Walters, que también estuo allí:

«Jugamos unos billares. Llegamos juntos y nos fuimos juntos.»

Tras su declaración y la de Walters, la policía exigió a la Dirección de la Universidad visionar las imágenes que las cámaras de seguridad habían recogido aquella noche, corroborando las declaraciones de ambos jóvenes.

Les resultó difícil localizar a Jonathan Parker, pues no vive en la ciudad:

«Mi novia vive aquí. Se ha matriculado este año en la Universidad. Fuimos juntos a la fiesta. Se llama Jessica Smith.»

Verificaron el listado de reservas y su nombre aparecía. Contactaron con ella y confirmó su coartada. La policía se personó nuevamente en la Universidad para acceder a la ficha académica de la joven, todo estaba en orden.

Después de interrogar a todos los sospechosos, no tenían nada. La Fiscalía procedería a archivar el caso. Sólo quedaba comunicar la noticia a los familiares, que reaccionarían con indignación.

Sin embargo, no habían tenido en cuenta que faltaba alguien más por interrogar, aunque estuviese excluido de la lista de sospechosos por pertenecer a la familia y contar con una declaración voluntaria inicial: Brandon Mitchel.

Lo que van a escuchar a continuación, pone los pelos de punta:

«Era la primera vez que mi hermana iba a una fiesta de Halloween. Mi madre me pidió que le acompañase para hacerle de canguro a ella y a sus amigas, como siempre… Ya estaba harto (…) Llegamos al local y me encontré con Emily, una chica de mi clase que siempre me ha gustado (…) Quería ir a hablar con ella, invitarle a una copa, bailar… Pero mi hermanita y sus amigas no me dejaban en paz. (…) Alice conoció a un tío y se puso a bailar con él (…) Eso les sentó mal a Helen y a mi hermana, y se fueron a una mesa a criticarla, como hacían siempre (…) Al final, me dejaron tranquilo y podía acercarme a Emily, pero estaba demasiado ocupada babeándole al gilipollas de Christian Walters…»

«(…) Judy se acercó a provocarme, a reírse de mí, a decirme que era un “pringado” y que ninguna tía se fijaría en mí siendo tan parado. Era una puta (…) Había bebido más de la cuenta y estaba furioso. Me tomé una de mis pastillas para tranquilizarme, pero algo se apoderó de mí. Cogí mi copa y fui al baño de chicas. Allí estaba Judy, retocándose la peluca frente el espejo. Me miró a través del cristal, sonriéndome con malicia, y me volví loco.»

«(…) Me acerqué a ella por la espalda, le agarré de la peluca y le golpeé la cabeza contra el espejo del lavabo. Me quedé con ella en la mano, y la tiré al váter. Al darme la vuelta, la vi tirada en el suelo. Creí que intentaba llamar la atención, como hacía siempre (…) Mezclé un par de pastillas en mi copa y se la di a beber (…) La saqué del baño, tapándole la cara con el pelo, como si estuviese borracha; y salí por la puerta. Cogí el coche, la llevé a las afueras y la dejé allí. Regresé a casa y me acosté.»

La policía le realizó varias preguntas antes de su ingreso en prisión.

P: «¿Es consciente de lo que se le acusa?»

B: «Sí.»

P: «¿En algún momento pensó que podría estar muerta?»

B: «No.»

P: «¿Quería matarla?»

B: «¡No!»

P: «Entonces, ¿por qué mezcló las pastillas en su copa y se la dio a beber?»

B: «Sólo quería darle una lección.»

Como noticia de última hora, podemos adelantar que Brandon Mitchel ha pasado a disposición judicial y se enfrenta a una pena de cadena perpetua por asesinato en grado de tentativa, pendiente de ser juzgado en las próximas horas.

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