Será solo un instante

El joven aprendiz caminaba por el bosque de regreso a casa de su mecenas, quien le había encomendado las búsqueda de varios tipos de hongos y hierbas curativas como parte de su enseñanza. «No permitas que nada te distraiga», le advirtió, pues sabía que aquel lugar misterioso guardaba miles de secretos.

De pronto, un haz de luz de vivos colores llamó su atención y decidió acercarse a ver su procedencia. «Será solo un instante», pensó. Los destellos provenían de un claro donde una joven cantaba con una voz limpia y melodiosa. Recordó aquella leyenda que su maestro le había contado sobre las sirenas, hermosas mujeres del mar con cola de pez que atraían a los marineros con su canto y les llevaban a la locura, e intentó dar media vuelta pero ya era tarde.

 : Prendado por la luz y el sonido, se acercó a ella, arrodillada entre las hojas secas del otoño y rodeada de tarros de cristal que contenían aquellos destellos fascinantes.

—¿Son orbes? —le preguntó— ¿Dónde los habéis conseguido?

—Todo el mundo guarda uno dentro de su corazón. —respondió con su suave voz, poniéndose en pie.

Se acercó a él lentamente, sin apartar su extraña mirada de los inocentes ojos del aprendiz, envolviendo todos sus sentidos con un beso que fue su perdición. Su cuerpo se consumió hasta quedar convertido en un orbe de color verdoso que la joven depositó en el interior de un frasco de cristal, como hizo con los demás.

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