El peso de una elección

Escribir un relato distópico donde aparezca mencionada Carrie Fisher o la princesa Leia y en el que un personaje haga una confesión que llevaba años guardada.


PD: Relato no apto para nostálgicos


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana.

Atrás quedaron los tiempos de las encarnizadas batallas entre los Rebeldes y las tropas imperiales y reina la concordia. Una nueva República se ha instaurado para favorecer las relaciones interplanetarias, quedando abierto el proceso para la elección de un nuevo Canciller. Sin embargo, el nuevo sistema de gobierno cuenta con algunos detractores. La ya consolidada Primera Orden sigue en su empeño de romper la estabilidad reinante y restaurar el Imperio, y aún se desconoce quién está detrás de esta formación que busca destruir lo que queda del legado de los caballeros Jedi.

La población ha evolucionado y sus individuos cada vez muestran mayor interés en saber lo que ocurre fuera de sus fronteras. Las masas quieren dejar de vivir en la ignorancia y demandan información a sus representantes, elevando esta cuestión al Senado. La petición se ha aprobado y se han instalado grandes dispositivos de visionado en los lugares concéntricos de cada ciudad, además de poner a disposición de los ciudadanos dispositivos de transmisión holográfica como los que se utilizaban en las intercomunicaciones espaciales, que pueden adquirir en comercios especializados e instalar en sus casas. Por primera vez, pueden ver lo que ocurre en otros lugares de la Galaxia.

Los ciudadanos participan de las decisiones que se tratan en el interior de la cámara y se muestran expectantes ante la elección de su nuevo gobernante. Sus voces se alzan a favor de dos candidatos: la princesa Leia Organa de Alderaan y el general Tramp. La primera es de sobra conocida por su larga trayectoria: presenció la destrucción su planeta adoptivo a manos del Imperio y sus ideas son fieles a la República, defendiendo su doctrina con coraje y honor al mando de las tropas de la Alianza para garantizar la paz. El segundo, a pesar de no ser tan conocido, ha conseguido numerosos apoyos en las últimas jornadas. Combatió como piloto durante el gobierno de la Senadora Amidala, por lo que cuenta con una gran experiencia en resolución de conflictos y negociaciones, además de un gran patrimonio gracias a sus buenas relaciones con la Federación de Comercio. Con él, la libertad de exportaciones fuera de la Galaxia y el crecimiento económico están garantizados.

Tras varios meses de mensajes a la población todo está preparado en Coruscant, la capital de la Galaxia y ciudad donde se erige el Senado, para que los representantes de cada planeta acudan para elegir al Canciller de la nueva República. El proceso se definirá en única convocatoria, descartando a los miembros en varias rondas hasta que solo queden dos. Los pronósticos estaban en lo cierto y como era de esperar, la decisión quedó entre los dos candidatos con más peso, que se dirigieron a los ciudadanos en un discurso esperanzador antes de que se concluyera la elección. Eran muchos quienes esperaban que por primera vez en la historia de la Galaxia se nombrara Canciller a una mujer que se había ganado el respeto y la confianza del Senado por su amplia trayectoria; sin embargo, eligieron al general Tramp. El nuevo gobernador se dirigió al atril central con su plataforma gravitatoria, celebrando la victoria entre aplausos enfervorecidos. En el exterior se vivía la alegría de unos pocos y el desconcierto de muchos, que confiaban en la victoria de la princesa, y escucharon el mensaje de su nuevo gobernador sin perder de vista la gran pantalla.

—¡Este es el comienzo de una nueva era! —El Senado volvió a romper en aplausos, interrumpiendo su discurso. Aquel hombre de piel pálida y denso cabello rubio que viste un traje oscuro de corte militar y emana una gran seguridad en sí mismo, alza los brazos para pedir silencio y poder concluir—. Debo agradecerles, Senadores, la confianza depositada en mí para hacer de la Galaxia un lugar más próspero, proyecto en el que empezaré a trabajar a partir de este momento.

Un ruido ensordecedor como el de un inmenso enjambre de abejas, envuelve el centro de la ciudad y un escuadrón de cazas imperiales surca los cielos, cargando contra la población que corre a refugiarse en sus casas. Un gran despliegue deja Coruscant en estado de sitio y los gritos y las explosiones se escuchan desde el interior del Senado ante el desconcierto de los presentes, cuyas puertas se abren violentamente y un gran número de soldados de asalto penetra en la cámara entre oleadas de disparos láser para exterminar a quienes opongan resistencia. La princesa Leia se defiende con su arma, aniquilando a varios atacantes, pero finalmente es apresada y llevada ante el nuevo Canciller:

—¡Traidor! —le increpa, retorciéndose.

—Esto es política —responde—, aquí no hay traidores ni traicionados, solo intereses. La Galaxia necesita autoridad y la sociedad debe ser purificada. Los hombres debemos ser la única raza imperante, no hay cabida para engendros ni criaturas monstruosas, por no hablar de esos patéticos eunucos llamados Jedi que usted, princesa, me va a ayudar a encontrar —tomó el arma de uno de los soldados y se la puso en el cuello, gritando de tal manera que sus palabras hacen retumbar la cúpula del Senado—. ¡Ahora tengo el poder!

El resto de Senadores que quedan con vida poco pueden hacer, salvo entregarse a los soldados mientras se lamentan del terrible error que han cometido y que llevará a la destrucción de gran parte de la Galaxia. En las siguientes jornadas, los cazas avanzaron en grandes batidas para cubrir todo el espacio aéreo y definir objetivos. En aquellos lugares donde no exista población humana actuarán los destructores, grandes naves que sustituyen sus cañones láser por otros más potentes que aplican altas concentraciones de energía radiactiva hasta producir la desintegración de cualquier superficie. En las ciudades habitadas por humanos se bloqueará cualquier tipo de comunicación y doblegarán a sus habitantes, aquellos que opongan resistencia serán exterminados y quienes se muestren colaboradores  realizarán trabajos forzados: se reclutará a niños y niñas para para formar parte de las filas de la Primera Orden, las mujeres se encargarán de servir a los soldados y los hombres serán trasladados a las minas de azufre donde la esperanza de vida no es superior a un año ya que la alta concentración de gases produce la calcinación de las vías respiratorias.

Desde el mismo día de su cautiverio, Leia recibe un trato especial por parte del Canciller, encerrada en una cámara acorazada en el interior de la Base Supernova, cuya estructura es similar a la de la Estrella de la Muerte, para ser víctima de diversos tipos de tortura y prácticas de manipulación mental con el fin de conseguir información sobre el paradero de la Orden Jedi:

—¡No lo sé, lo juro! —aulla, aquejada de un fuerte dolor de cabeza.

—Mi paciencia no tiene fin y tarde o temprano me diréis lo que quiero saber.

—Siempre habéis estado detrás de todo esto, ¿verdad?

—¿Sorprendida? —rió— .Lleváis tanto tiempo buscándome que no os habéis dado cuenta de lo cerca que he estado —agarró con fuerza su cuello mientras realizaba una esperada confesión—. He liderado la Primera Orden desde su formación y no descansaré hasta exterminar al último Jedi.

Cada día recibe la visita de su captor con el mismo cometido, ante la resistencia de su maltrecho cerebro. No hacía mucho tiempo que el propio general le mostró un documento holográfico con el ataque de la Primera Orden sobre la última base rebelde que quedaba en pie, perdiendo toda esperanza de un posible rescate. Cada noche, cierra los ojos y recuerda la última vez que vio a su marido con vida, esperando una muerte que no llega. Han pasado los años y la Primera Orden no ha sido capaz de encontrar rastro de los Jedi en la Galaxia ante la frustración del Canciller, que no termina de creer tal información y cuyo deterioro es cada vez mayor al consumirse en su propia ira. Los métodos empleados sobre la mente de la prisionera tampoco dieron resultado, pues había alzado una barrera en su pensamiento que impedía el acceso a cualquier recuerdo anterior al día de su captura. Esa mañana reunió a sus hombres en el interior de la Base para abordar el asunto:

—En todos estos años hemos peinado la Galaxia y el hiperespacio, mi Lord —le informaba el coronel—, y hace tiempo que dejamos de sentir perturbaciones en la Fuerza.

—¡No es posible! —gritó—. ¿Y los androides? ¿Qué hay de ellos?

—No quedó planeta en el que no fueran incautados y analizados. Extrajimos toda la información almacenada en sus memorias internas antes de que fueran reprogramados y nada.

—¡El Imperio ha vencido! —rió satisfecho, en una sonora carcajada—. Pero aún queda algo por hacer… 

El Canciller se dirige junto a dos soldados hacia la cámara acorazada, donde espera una princesa envejecida y consumida por el sufrimiento, resignada ante la llegada de su ansiado final. Faltaba poco para morir a manos de aquel tirano con un sable de luz ensartado en el pecho, no sin antes pensar en las generaciones que devolverán la esperanza a la Galaxia, y pronunciar sus últimas palabras antes de caer al suelo:

—La Fuerza siempre me acompañará.  


 

Hasta siempre Carry
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