La novia cadáver

Era tal la belleza de aquella imagen que ni los propios forenses se atrevían a levantar el cadáver: Encontraron el cuerpo en la orilla del lago, medio sumergido en sus aguas pantanosas. Ni siquiera flotaba pues se sostenía sobre la arena a poca profundidad, descansando con placidez, con los ojos abiertos como si fijara la mirada hacia alguna parte. Llevaba un traje de novia de un blanco impoluto que no presentaba manchas ni otro tipo de daños, el rostro perfectamente maquillado con un carmín intenso en los labios que resaltaba su palidez y los ojos perfilados con precisión. Los brazos reposaban sobre su abdomen y sujetaba una flor roja como su carmín con la mano derecha. Era tal la belleza de aquella imagen que ni los propios forenses se atrevían a levantar el cadáver.

La policía apartaba a los curiosos para que no entorpeciesen su labor y evitar que sacasen fotografías para filtrar a la prensa, que tampoco tardó en llegar. Las preguntas rondaban sobre sus cabezas, quién era ella y qué le habían hecho. Los hombres del equipo estaban tan consternados que decidieron llamar a la única mujer que trabajaba como médico forense en el pueblo y que jamás había estado al frente de una investigación, por ser demasiado joven y recién llegada.

Carsson se presentó en la escena del crimen ante las miradas del personal, que cuchicheaban a su paso. La policía tampoco la dejó pasar hasta que el inspector jefe forense dio el visto bueno. Como el resto de sus compañeros, sintió que perturbaría su descanso eterno y decidió caminar hacia ella muy despacio, poniéndose de rodillas a la altura de su rostro para poder hablarle:

—Buenos días, Emily. Seguramente este no sea tu verdadero nombre pero me encargaré de averiguarlo enseguida. Para eso tenemos que sacarte de aquí, y la verdad es que te encuentro tan serena y en paz que temo sacarte de este estado pero no me queda mas remedio que hacerlo. Seré sincera contigo, eres mi primer caso… Si eres de aquí, seguro que has oído hablar de mi, la forastera. Quiero ayudarte. Quiero que me digas quién te ha hecho esto.

Se puso unos guantes para meter las manos por debajo de  la cabeza y la espalda, y poder levantarla con la ayuda de otro compañero. Al sentir el contacto con su cuerpo lo vio todo…

Se llamaba Cassandra, aunque sus conocidos le llamaban Cassie, y no llegó a casarse. Se marchó a la ciudad unos días atrás para terminar con los últimos preparativos de la boda y las pruebas del vestido de novia, allí viven sus padres. Regresó a casa la noche anterior y sorprendió a su futuro marido con su mejor amiga y dama de honor. Ella no dijo nada y se marchó sin ser vista. 

Cogió el coche y paró en el primer autoservicio que encontró para comprar una botella de whisky y un tubo de aspirinas. Se quedó sin gasolina en mitad de aquel tramo de autovía abandonado, sacó el vestido del maletero y se cambió de ropa bajo el frío de la madrugada. Abrió su bolso y se maquilló mirándose en el retrovisor. Después cogió la botella, el tubo de aspirinas y algunas flores del bouquet que le había regalado su madre, y caminó por el arcén hasta llegar al lago.

El contenido de la botella duró poco pues bebía dando largos tragos cargados de dolor. sus padres le advirtieron que no se casara con él pero no quiso escucharles. Las aspirinas llegaron después, cuando avanzó unos pasos hacia el interior del lago y se sentó en la orilla. Abrió el tubo y se llevó un puñado de aspirinas a la boca de golpe, ayudándose del agua helada para poder tragarlas. Se quitó el anillo de compromiso, lo metió dentro del tubo y lo lanzó con rabia al centro del lago sin derramar ni una lágrima.

Se tumbó a esperar la muerte. Era alérgica al ácido acetilsalicílico y sabía que no tardaría mucho en sufrir los efectos que, mezclados con aquella gran dosis de alcohol, supondrían algo rápido y certero. Se quedó mirando las estrellas hasta que tuvo un fallo multiorgánico.

—¿Acaso ya sabes quién es el culpable, dices? —preguntó el inspector con sorna cuando Carsson ordenó que enviara una patrulla a recorrer la autovía y llamaran a los buzos para peinar el lago.

—El amor —respondió, montándose en el coche para ir al anatómico forense y seguir con su trabajo.

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