Lujuria

Reto 2: Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.


Las dos de la mañana. La jornada termina para el dueño de aquel bar y sus dos camareros, que se marchan tras haberle ayudado a recoger las mesas. Aunque sale a colgar el cartel de «cerrado», le gusta quedarse a dar un último repaso a su pequeño negocio de estilo americano, con las paredes de piedra y robusto mobiliario de madera, una mesa de billar y una diana; pasando la bayeta por la barra maciza, barriendo y limpiando el suelo con la fregona, para poder marcharse a casa a descansar hasta que vuelva a abrir el bar a las ocho de la tarde y plantarle cara a una nueva noche. Trabajo sacrificado el suyo, que le da más de un quebradero de cabeza pero también alguna alegría, pero nada comparado con lo que está a punto de suceder. Alguien llama a la puerta dando unos golpes secos. Al principio no piensa en abrir pero después cree que puede tratarse de uno de los chicos, que quizá haya olvidado algo, y va a ver quién es.

Ahí está ella, la mujer que ocupa la mayoría de sus madrugadas y todos sus desvelos, la pelirroja despampanante de la que no conoce ni su nombre, ni le importa. La que llega al bar cada noche, sobre las once, se acerca a la barra con una forma de caminar tan sensual que hasta las baldosas del suelo tiemblan a su paso y le pide una pinta de Guinness, que disfruta sentada en la mesa del fondo para alejarse de las miradas de los borrachos curiosos, aunque es imposible no fijarse. Es la lujuria hecha mujer. Más de una vez se le acercaba algún patoso a molestarle con insinuaciones y provocaciones, entonces él saltaba la barra y les paraba los pies. Pero ella no viene a buscar un padre que la cuide ni un salvador, sino un hombre que haga aflorar sus instintos dormidos. La invita a pasar y cierra la puerta mientras ella camina lentamente hacia la barra que tanto conoce. Él la mira con los ojos inyectados en deseo ante aquel contoneo de caderas que no se cansa de ver, y que desde esa perspectiva es aún más impresionante. Cuando llega a su destino, se quita el abrigo y se sienta en uno de los taburetes, cruzando las piernas con cuidado de no mostrar más de lo necesario en aquel minúsculo vestido negro que lleva puesto. Al menos, no este momento.

El hombre está totalmente bloqueado y no sabe cómo actuar ante la situación, a pesar de haberla imaginado infinidad de veces, y ella le mira desde la barra con sus grandes y expresivos ojos negros, incitándole a acercarse con actitud seductora, concediéndole el permiso para hacer lo que ambos están buscando. Las palabras sobran cuando las miradas lo dicen todo. Por fin están frente a frente y sus bocas se juntan, quedando atrapados en un laberinto de lenguas que luchan entre sí por dominar la situación, por marcar el ritmo de la pasión contenida que lucha por salir. El cuerpo de la joven se estremece cuando las manos de su compañero de juegos acarician su espalda descubierta y comienza a bajarle los tirantes del vestido mientras le atrae hacia ella, separando las piernas, y le ofrece su cuello para que lo bese como tanto le gusta, mostrándose entregada.

Él corresponde haciendo uso de su fuerza y la toma en brazos, acomodándola sobre la barra. A ella le excita ese arranque de hombría y le desabrocha la camisa con manos impacientes, deseosa por deleitarse con su torso bien formado y trabajado base de cargar y descargar bidones de cerveza. No imaginaba que, además de su atractivo, pudiera tener un físico tan agradecido, del que desea disfrutar. Se miran un instante y ninguno está dispuesto a ceder ni a parar. En un alarde de travesura, ella se tumba sobre la barra con feminidad y comienza a deslizarse el vestido con las manos hasta mostrar su esbelta figura esculpida a golpe de gimnasio, y mostrar un sensual conjunto de lencería negro mientras se ríe con picardía. Le acaricia el sexo, notando que su virilidad está a punto de estallar, y siendo benevolente, le ayuda a eliminar la presión liberándole de la incómoda barrera que forman sus pantalones. Él piensa que ya basta de tonterías y se sube a la barra, frente a ella. Le retira las minúsculas braguitas y se pierde entre sus piernas, hundiendo su erección en lo más profundo del cuerpo de su amante, que gime y se deja llevar, olvidando tantas noches perdidas.

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