Un golpe de suerte

Reto 4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.


 

Todo está preparado. Llevan tiempo planeando el robo de la colección de joyas que la familia Smith tiene en su haber, antiquísimas piezas de valor incalculable que han pasado de generación en generación, la mayoría obtenidas en subastas. Sus dueños son conscientes de su importancia y por ello están depositadas en una caja blindada en el sótano del domicilio familiar, bajo fuertes medidas de seguridad y videovigilancia. Esa noche de sábado, como es habitual, se celebra una fiesta de disfraces a la que acude un gran número de invitados, por lo que es necesario reforzar el número de trabajadores entre camareros, personal de servicio y aparcacoches, además de la seguridad; por lo que deciden contratar a una empresa de catering especializada en este tipo de eventos, recomendada por un amigo de la familia, y que garantiza rapidez, discreción y buen servicio. Así, evitan preocuparse del bienestar de sus invitados y pueden ocuparse en disfrutar, que es el objetivo de cualquier fiesta que se precie.   

La señora Smith baja a la cámara de seguridad acompañada por Dwayne, el fiel guardaespaldas de su marido, para elegir las joyas que lucirá en el evento y deslumbrar a los cientos de envidiosos y gorrones que disfrutarán de una buena cena a costa de su marido. No quiere que su aspecto sea demasiado recargado y opta por la Lágrima de Luis XVI, una preciosa gargantilla de oro coronada con un gran diamante azul, un regalo que el generoso rey francés le hizo a su conocida esposa, cuyo nombre ni recuerda ni le importa pues en su cuello brillará más que en cualquier otra parte. Regresa al dormitorio, custodiando la joya entre las manos con mimo y recelo, y se dispone a preparar su traje victoriano y su peluca cardada. Cuando hace su aparición estelar en el salón, bajando la escalera como la gran dama que es, los presentes se giran a admirarle, captando su atención como esperaba. Los hombres clavan la vista en el llamativo corsé azul que recoge y alza sus voluptuosos pechos, y las mujeres quedan boquiabiertas ante su belleza y el resplandor de preciada joya, justo lo que ella quiere.

Tras el breve discurso de su marido, cada vez más mayor y desfasado, las risas y aplausos forzados por compromiso, y el brindis de rigor, da comienzo la fiesta. Una elegante mascarada donde todo el mundo ríe, bebe, baila y se deja seducir por placeres químicos. El señor Smith encuentra el momento para organizar una partida de póker en su despacho, alejado del bullicio, con algunos colegas de profesión: magnates del petróleo, constructores y algún político con dinero obtenido del blanqueo. Mientras, la señora Smith no pierde a nadie de vista, le gusta tenerlo todo bajo control y cuida de que no falten ni el alcohol ni los aperitivos. Le encantan las fiestas. Si no fuera por ellas, la aburrida vida de esposa del millonario terminaría por consumir lo que le queda de juventud, claro que sus pastillas de la felicidad también le ayudan. Cansada de poner buena cara a las brujas ricachonas, sale al jardín a fumarse un cigarro aliñado. Se sienta en un banco y se sube el vestido a la altura del muslo para coger la pitillera que lleva sujeta a la liga y sacar el mechero que, por desgracia, no prende. Una mano conocida acaricia su cuello descubierto por la espalda y le ofrece fuego, ella sonríe y lo enciende sosteniéndolo en los labios.

Pasado un tiempo, se produce una explosión en el interior de la casa y quienes logran salvar el pellejo huyen despavoridos ante la horrorizada mirada de la señora Smith y su acompañante. Ella corre hacia allí pero el personal de seguridad le ordena que no se acerque y le indica que los equipos de emergencia están de camino. Por desgracia, la prensa llega antes y varios paparazzi aprovecharon el revuelo para colarse en el jardín y captar el desastre, escabulléndose como ratas al llegar la policía para tomar declaración a testigos y asistentes al evento. La señora Smith pasa la noche en comisaría prestando declaración al ser considerada como principal sospechosa, ya que su marido no ha sobrevivido al incendio y la colección de joyas ha desaparecido. Todos los indicios apuntan a ella pues, además de ser la ideóloga y organizadora de la fiesta, es treinta años más joven que el difunto y según la opinión pública tiene fama de frívola, derrochadora y cazafortunas. Se casó con el señor Smith en la última etapa de su vida, tras conocerse en un espectáculo en el que ella trabajaba como bailarina erótica, a pesar de la desaprobación de la familia. La declaración de Christine, única hija y heredera de la fortuna Smith, es fundamental para su puesta en libertad al presentar el testamento que su padre había firmado meses antes del fallecimiento como prueba. En el documento consta que todo el patrimonio, así como las cantidades depositadas en las cuentas bancarias se testan íntegramente a favor de la heredera universal, y lega la propiedad de la vivienda siniestrada a su joven esposa, desmontando el móvil de asesinato por motivos económicos que la policía baraja desde su llegada a comisaría y demostrando que la única perjudicada es ella.

El llanto desconsolado de la joven viuda que ha perdido todo, acapara todas las miradas en el funeral, ella siempre debe llamar la atención, incluso en los peores momentos. Por otra lado, Christine llora la pérdida de su padre con profunda pena en un discreto segundo plano, como le caracteriza. Jamás ha participado en ninguna de las excentricidades del matrimonio Smith, ni acudió al esperpéntico enlace que la pareja protagonizó en Las Vegas y ocupó las portadas de todas las revistas, siendo una vergüenza para la familia. Al señor Smith nunca le importó el protocolo ni guardar las apariencias, vivió como quiso y, en cierta manera, también murió como quiso, rodeado de exceso y expectación. Con su cuerpo descansando en el panteón familiar, las dos mujeres de su vida se despiden:

—¿Adónde irás?

—A Las Vegas —responde la viuda con una amarga sonrisa—. Me puse en contacto con mi antiguo jefe y me readmite, ahora que soy una celebrity mi show tendrá más tirón…

—Lamento mucho por lo que estás pasando, Holly —dice Christine, acariciándole el brazo—. Si puedo ayudarte en algo, prestarte dinero durante algún tiempo o buscarte un alquiler hasta que puedas permitirte otra cosa…

—Muchas gracias, Christine. Eres la única de la familia que jamás me ha juzgado, y de no haber sido por ti, ahora mismo estaría entre rejas.

—No tienes nada que agradecerme, la acusación no tenía ni pies ni cabeza —responde, haciendo honor a sus dotes de abogada de renombre—. Siento que mi padre malvendiera sus propiedades antes de casarse contigo y lo invirtiera todo en esa casa.

—Lo hizo por mí —se echa a llorar—, era mi sueño. Tu padre era un hombre muy generoso.

—Siempre lo fue —suspira Christine—. Siento no poder ayudarte más, de verdad.

—No te preocupes por mí, estaré bien. Además, esto es tuyo —rebusca en el interior de su carísimo bolso negro de Prada y le muestra la Lágrima de Luis XVI—. Lo encontró la policía en el jardín, durante el registro. La llevaba puesta la noche del accidente y se me debió caer al salir corriendo.

—Quédatela, pueden darte mucho dinero si la subastas o la vendes a un coleccionista. Ya que no puedo hacer más por ti, por favor… Creo que mi padre estará contento de que la tengas tú.

Tras un breve abrazo sentido y un par de besos, Holly subió al taxi que le esperaba en la puerta del cementerio y a Christine le acompañó su chófer hasta el coche para llevarle a casa. No estaba dispuesta a acudir a ningún evento en el que los cínicos que catalogaron a su padre de borracho y viejo verde le honraran con buenas palabras después de muerto, y lograran manchar la figura del hombre al que tanto admiró cuando era niña. En casa le esperaba Charles, su fiel compañero aunque no fiel marido, sentado en uno de los sofás del salón con la compañía de su inseparable whisky escocés mientras leía la prensa. Un montón de tabloides sensacionalistas y revistas de sociedad en las que Holly y su cara de espanto en el jardín de la casa en llamas ocupaba todas las portadas.

—¿No te da pena? —pregunta, ahogando su risa en el borde del vaso.

—Ninguna —responde con rotundidad—. Esa zorra presuntuosa no va a quedarse con nada mío —y eso le incluye. Sus sospechas se confirmaron hace una par de semanas, cuando el detective que contrató le hizo entrega de unas fotografías que evidencian la aventura de su marido con la jovencísima mujer de su padre, lamentando que ambos estuvieran retozando en el jardín como perros en el momento de la explosión— ¿Dónde está?

—En el garaje con Dwayne, como pediste.

Christine se dirige hacia allí, donde le espera el guardaespaldas custodiando un gran maletín de cuero negro que pone a su disposición en cuanto le ve aparecer:

—Todo ha salido según lo previsto, señora —dice.

Al abrirlo encuentra todas las joyas de la familia, incluida la Lágrima de Luis XVI, y algunas que su padre guardaba en el dormitorio.

—¡Sabía que se trataba de una burda falsificación, lo sabía! —lo cierra y lo aprieta contra su pecho, abrazándose a él como una niña a su peluche más querido— Debo darte las gracias Dwayne, no lo habría conseguido sin ti.

—¿Cuál es el siguiente paso, señora? —pregunta.

Lo piensa un instante y acariciando la suavidad del cuero, dice:

—Matar a mi marido.

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