Las Ciudades de Los Muertos

Reto 5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.


Saf, el joven protagonista de esta historia, lleva varios días perdido en el desierto, caminando sin descanso bajo el sol abrasador y las heladas, luchando contra su propio cansancio y las tormentas de arena. Agotado y con las fuerzas mermadas, piensa en rendirse pero ve algo que le hace abandonar su actitud derrotista. Él que siempre fue un escéptico, encuentra lo inimaginable: un inmenso árbol.

Trees are poems that the earth writes upon the sky~*: Corre hacia allí pensando que se trata de un oasis donde, con un poco de suerte, encontrará a alguien que pueda ayudarle; pero cuando se topa de bruces con él, su aspecto es desolador. Tiene el grueso tronco retorcido y las ramas desnudas y caídas, que parecen llorar. Tétrica estampa, además de extraña. Cree que es un espejismo fruto del cansancio y la fatiga, mas cuando palpa su rugosidad comprende que es tan real como él mismo.

Para su sorpresa, nuestro intrépido viajero no está solo. Una enjuta figura cubierta con una túnica negra aparece de la nada:

—¿Te has perdido? —pregunta, sobresaltándole.

—Eso parece… —responde, sin estar muy seguro.

—Quizá pueda ayudarte, ¿dónde vas? —su voz es cálida y amable, de mujer joven. Aunque la enorme capucha de la túnica le impide verle el rostro, imagina que bajo esas ropas poco favorecedoras se encuentra una belleza bereber.

—Muchas gracias, te lo agradezco —sonríe—. He venido con un grupo de turistas a hacer una ruta en camello pero nos pilló una tormenta de arena, me desorienté y ni siquiera sé los días que llevo dando vueltas sin rumbo. ¿Puedes decirme dónde estoy y si conoces a alguien que pueda llevarme a la ciudad?

—¿A la ciudad? —pregunta extrañada—. Estás en El Desierto del Encuentro, y lamento decirte que si has llegado hasta aquí, no podrás volver.

—¿Me estás vacilando? ¡Cómo no voy a poder volver! —se ríe— Si he venido hasta aquí a pie, puedo regresar de la misma manera… ¡Ah, ya lo tengo! —exclama mientras se lleva la mano a la frente, lamentando no haber caído en la cuenta antes. Saca el móvil del bolsillo y se mueve de un lado a otro intentando buscar algo de cobertura, pero no lo consigue. Es más, observa con estupor cómo se convierte en polvo y se filtra entre sus dedos hasta formar parte de las arenas del desierto— ¡Qué movida es esta! ¿Qué está pasando aquí… Y quién coño eres?

—Vaya, qué agradable… —dice con sarcasmo— Soy conocida en todo el mundo, temida y admirada —comienza a caminar alrededor de él—. En algunos sitios me llaman La Novia Fiel, en otros La Descarnada, pero tú puedes llamarme Catrina —concluye, lanzándole un beso, mostrando su mano huesuda.

—¡La madre que me parió! —exclama, retrocediendo hasta caer de culo sobre la arena— ¡Ni te acerques!

—No te esfuerces, no puedes escapar a tu destino.

—¡Qué destino, ni qué historias! ¡Me quieres hacer el lío para quedarte con mi alma! ¡¿Quieres matarme!?

—Te equivocas —dice, arrodillándose en el suelo y formando un remolino de polvo para mostrarle su propia muerte, al caer del camello durante la tormenta de arena y golpearse la cabeza con una piedra. Catrina suspira—. Lo tuyo sí que es mala suerte, chaval…

—Venga, en serio. Es una broma, ¿verdad?. ¿Dónde está la cámara? —se asoma por la capucha de la túnica y da un respingo al ver aquel cráneo sonriente. Definitivamente, no está soñando.

—Será mejor que te hagas a la idea y vengas conmigo, aún tienes que decidir tu futuro.

—¡¿Pero qué futuro si estoy muerto!? —se lleva las manos a la cabeza ante tanta locura.

—Bueno. Si quieres comer arena eternamente, tú mismo. Iba a proponerte otras alternativas pero como lo tienes tan claro…

—¿Qué alternativas? —ahora que por fin ha conseguido captar su atención como quería, caminan juntos por las arenas del desierto adentrándose en una profunda oscuridad. 

En el oeste se encontraban Las Ciudades de Los Muertos, siete lugares encerrados en el interior de una gran muralla plateada, cuya llave custodia Catrina. Cuando las puertas se abren, una explosión de luz y color aparece ante sus ojos, cegándole por un instante.

—¿Qué es este lugar? —pregunta maravillado.

—Aquí es donde acogemos a las almas mortales para que disfruten de su descanso eterno. Cada una tiene un privilegio que le hace diferente al resto, pero también hay un precio que pagar — se gira para mirarle a través de la capucha y Saf se estremece. No está seguro de querer saber lo que le deparará la estancia en cada una de ellas, pero Catrina espera su aprobación para continuar. Ya es demasiado tarde.

—¿Me ayudarás a elegir el mejor lugar?

—Por supuesto, ese mi cometido —responde, tranquilizándole—. Vamos.

Avanzaron unos metros y se adentraron en la primera de las siete ciudades:

—En Superbia descansan las personas de clase superior.

Por sus calzadas impolutas caminan personas elegantes y distinguidas en medio de un gran silencio. Sus habitantes se saludan cortésmente, haciendo gestos con la cabeza como aristócratas. Aquel entorno tan tranquilo y apacible parece un buen lugar para descansar eternamente, pero quiere ver el resto de ciudades por si cambia de opinión. Tras recorrer aquel remanso de paz, Catrina abre otro portón plateado y pasan a la siguiente:

»Aquí se alza Luxus, un lugar bastante animado para disfrutar de los placeres terrenales.

Sensuales carcajadas y gemidos se escuchan por doquier, en pequeñas casas bajas donde hombres y mujeres exhiben sus esculturales cuerpos desnudos en amplias cristaleras, y caminan por las calles mostrando sus encantos sin pudor. Cualquier lugar sirve para encontrar parejas acariciándose, algo que a Saf le parece escandaloso a la par que excitante. Dos mujeres exuberantes se acercan y le ofrecen una copa de vino, que saborea con gusto mientras admira sus gracias desnudas. Este ambiente es demasiado libertino para él, no está preparado para vivir eternamente sintiéndose una estrella del porno. Termina su copa y continúan con el itinerario.

»Ira es la favorita de los hombres, aquí la diversión está garantizada.

Lo primero que ve es un cuadrilátero gigante donde se libra un campeonato entre diversos participantes mientras los asistentes apuestan por sus favoritos, y la gente se asoma a los balcones de los altos edificios para disfrutar de las vistas. También hay pistas para jugar al fútbol americano, pabellones para combates de artes marciales y un hipódromo. Las apuestas deportivas marcan el ritmo de la ciudad. Estas actividades no le apasionan especialmente y decide pasar de largo. 

»En Gula cada día es un gran festín, podrás comer y beber cuanto quieras.

Una enorme mesa recorre la amplia avenida, y miles de comensales se sientan a disfrutar de los exquisitos manjares que ofrece la cocina internacional, servidos por un elegante personal uniformado. Tanta abundancia de comida y bebida podría terminar con el hambre en en mundo y sabe que sentiría remordimiento por todas esas personas que mueren desnutridas cada día en los países del tercer mundo. Decide no elegir ese lugar para pasar la eternidad y camina sin levantar apenas la cabeza, abochornado ante tanta opulencia.

»He aquí Avaritia. El lujo, el poder.

Saf se queda boquiabierto ante tal maravill. Una ciudad construida con diamantes y piedras preciosas, e inmensas estatuas doradas adornan las calles. Sus gentes lucen con orgullo carísimas piezas de joyería y ropas de las mejores marcas. A pesar de lo grandioso del sitio, siente que no encajaría en ese sitio ya que, al igual que en Gula, esta riqueza bien repartida podría ayudar a muchas personas. Sin dar explicaciones, caminan hacia el penúltimo lugar.

»Invidia es tu lugar si quieres continuar sabiendo qué sucede en el mundo mortal.

Como en un gran cibercafé o la redacción de un boletín informativo, los habitantes de esta ciudad no despegan la vista de las pantallas de sus ordenadores portátiles, tabletas o smartphones, y nada se escucha salvo el sonido de los teclados al escribir. Navegan por la red en busca de las noticias más frescas a un ritmo frenético, empapándose de la actualidad. Saf no cree que tenga nada de malo vivir allí, de hecho está a punto de decidirse; sin embargo, recuerda que aún le queda una ciudad más por ver y no quiere tomar una decisión precipitada.

»Y por último Acidia, el lugar idóneo para descansar plácidamente.

Reina el silencio en aquel lecho de plumas suaves y esponjosa, en el que rosados querubines de rizados cabellos dorados ríen felices y hermosas ninfas caminan por sus calles casi levitando, mientras las almas que allí viven reposan en grandes camas y son atendidas con todo lujo de detalles. Ni el mejor servicio de habitaciones del mejor hotel del mundo sería capaz de proporcionar tanta comodidad. «Tampoco estaría mal vivir aquí eternamente», piensa. 

Llegados al final de la última ciudad, se cierra el portón de plata y quedan suspendidos en un vacío abrupto y más negro que la misma noche, una especie de limbo sin espacio ni tiempo, mientras Catrina aguarda su decisión:

—¿Y bien?

—Es difícil decidirse por uno de estos lugares maravillosos, pero tengo asuntos pendientes que debo resolver con mi familia y necesito regresar al mundo mortal.

—¡Cuánto daño ha hecho el cine…! —exclama— Mira, te lo voy a explicar para que lo entiendas: esto no es Ghost, amigo. Es decir, no puedes volver como un un espectro atractivo y encontrar a una medium para que se comunique con tu familia y puedas despedirte como es debido, porque ni yo soy Woopi Goldberg, ni tú Patrick Swayze. De hecho, él tampoco regresó cuando le llegó la hora.

—Pero yo soy diferente —responde con total convencimiento—. Él hizo de todo y vivió lo suficiente, a mi me quedan muchas cosas por hacer.

—Está bien —dice, sabiendo que por muy fuerte que sea su deseo, jamás regresará al mundo de los mortales—, veamos.

Catrina chasca los dedos y Saf se precipita en una caída de escasos segundos que se hacen eternos, cayendo en un espacio sombrío y humeante, tanto que siente que si permanece más tiempo en ese lugar terminará quemándose. La muralla plateada se ha convertido en una inmensa fortaleza construida con osamentas humanas. Intenta huir trepando por los huesos que forman los muros de su encierro, pero dos gigantes custodios con el rostro abrasado y la piel hecha jirones le agarran por los brazos para arrastrarle por el sendero. Sus gritos se escuchan en el eco de aquel espacio sin tiempo pero sabe que nadie irá a socorrerle, sintiendo que la piel de sus muslos comienza a descarnarse.

Recorre nuevamente Las Ciudades de Los Muertos, que ahora muestran su verdadera cara. Los mundos de fantasía han desaparecido, dando lugar a siete escenarios cargados de horror y desesperación:

Los querubines y las ninfas de Acidia resultan ser monstruosas criaturas con múltiples extremidades, que encadenan a las almas mortales que antes descansaban cómodamente a grandes muros de piedra para rociarles con ácido hasta descomponer su piel y órganos internos. Un fuerte olor a quemado y descomposición lo envuelve todo y le producen arcadas, que le llevan a vomitar.

En Invidia continúa el teclear frenético de las almas moradoras de esa tierra, con sus rostros cansados y agotadas hasta la extenuación, víctimas de alguna especie de excitación química que les impide frenar, con los cuerpos fijados a las sillas con unas varas de metal a modo de corsé que atraviesan sus costillas y les propinan grandes descargas eléctricas, que les llevan a convulsionar. De sus gargantas se emiten gemidos roncos pues no pueden quejarse, ya que sus lenguas han sido sesgadas para impedirles hablar y mentir, como habían hecho en sus vidas mortales.

Avaritia conserva parte del esplendor y el lujo que le caracteriza, sin tanto ornamento, con su decoración dorada. Unos autómatas vierten grandes sacos de oro en lingotes en un inmenso tanque de fundición, de que salen varios canalones que van a parar a las bocas de las almas errantes que permanecen tumbadas en camillas de metal, esperando a recibir su baño incandescente para formar parte de la decoración.

El festín de Gula tampoco es tan apetitoso como al principio, convirtiéndose en una mesa hedionda, llena de insectos y roedores que disfrutan de la carne fresca de los comensales, mientras el personal de servicio se encarga de llenar sus estómagos con alimentos en descomposición a través de sondas nasogástricas. Saf vomita de nuevo.

Los caballos del hipódromo de Ira se encuentran ensillados y quietos, mientras los habitantes de la ciudad hacen sus apuestas. Escogen a un participante, al que atan de manos y pies a los extremos de las sillas de montar de dos caballos, que arrean para que cada uno corra en dirección opuesta y de esta manera partir en dos al cuerpo que sujetan. Así, cabalgan frenéticos por las calles, arrastrando cuerpos desmembrados mientras los apostantes disfrutan desde sus balcones.

Una gran bacanal se celebra en Luxus. Los hombres y mujeres que allí viven invitan a sus nuevos vecinos a participar del espectáculo y satisfacer sus deseos sexuales. Cuando quedan satisfechos y exhaustos, son devorados por sus amantes.

Finalmente, los esbirros se detienen al llegar a Superbia, lánzandole de boca contra el suelo. Saf suspira aliviado pues cree que le han dejado tranquilo y suspira con alivio a pesar de que ha perdido la sensibilidad de en sus extremidades inferiores calcinadas, pues cree que de todos los lugares es el menos horrible. Catrina aparece ante él y vista desde su posición, parece más grande y más macabra. Está a su merced y agacha la cabeza, pensando en suplicar; sin embargo, le interrumpe antes de que le de tiempo a abrir la boca:

—Este será tu hogar —dice. Su voz ya no es tan dulce y se alza en un eco superlativo, como la gran ánima que es—. Aquí descansan las almas de aquellos que se creen mejor que el resto de los mortales.

Saf lamenta su comportamiento hacia ella, no obstante está convencido de que Catrina cumplirá su promesa y le permitirá vivir en el lugar que plantea la mejor alternativa. No dice nada porque sabe que está siendo benévola con él, a pesar de su osadía. Levanta la cabeza para agradecerle su gesto piadoso, y encuentra a los dos gigantes sosteniendo grandes lanzas afiladas que clavan con violencia en sus globos oculares. El joven cae al suelo tapándose el rostro, y se retuerce de dolor mientras la sangre mana a borbotones.

—La soberbia no te cegará más y aprenderás a mirar desde el corazón.

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