Juntas

Reto 6. Describe una escena de un relato pensando una fecha importante para ti y traslada esas emociones a los personajes.


Dedicado a la persona más valiente que conozco.  Fdo: Miriam Torres


13/02/12.

Recuerdo el día en que tu cerebro sufrió un cortocircuito y se apagó de repente, merendando en casa como cada tarde; mi corazón desbocado al encontrarme sola siendo más joven y no saber cómo actuar, las prisas por llevarte al hospital, la interminable llamada a Emergencias, el miedo al sentir que te perdía y aquella ambulancia que no llegaba. Salir con lo puesto sin que importara nada más.

También recuerdo la cara de la doctora que te atendió en Urgencias y la del joven neurólogo que bajó de su planta a informarme sobre lo que sucedía, mirándome con los ojos vidriosos y temeroso de mi reacción ante sus palabras. Pero yo ya lo sabía. «¿Es cáncer?», pregunté. Suspiró y asintió con la cabeza. Me explicó que necesitaba hacerte más pruebas y que debías quedarte ingresada, pero yo solo pensaba en que nos tocaba luchar de nuevo, como cuando tenía doce años y aquel intruso llamó a nuestra puerta por primera vez. Ya le vencimos entonces, y ahora no iba a ser menos.

Aquella semana se hizo eterna, esperando por tu operación mientras dejabas de ser quien eras para convertirte en la niña que una vez fuiste. Apenas hablabas, ni caminabas y había que ayudarte a comer y vestirte. En tu mirada se adivinaban momentos de esperanzadora lucidez, incluso de alegría, que contrastaba con otros de incertidumbre y miedo. Pero siempre me reconocías, jamás olvidaste quién era. Supongo que es por eso que dicen, que lo verdaderamente importante no se olvida.

Imagen relacionadaCuando entraste a quirófano pasé las diez peores horas de mi vida, sentada en aquella fría sala de espera sin calefacción y en mitad de un pasillo por el que trasladaban enfermos de unas plantas a otras, con un monitor en una de las paredes que anunciaba la entrada de los pacientes, mostrando sus nombres, y se acompañaba de una sobresaltante señal acústica. Cada una de esas alertas me hacía saltar como un resorte, desviando mi atención sobre la nada para ponerla en el panel y desesperanzarme un poco más al ver que no aparecías en él. No me moví de allí ni un solo instante y me olvidé de mis funciones vitales, es más, estaban dentro contigo, alentándote  a subirte al tren de la vida otra vez.

Poco a poco, los familiares del resto de enfermos intervenidos aquel día se fueron marchando, pues por suerte todo había salido bien; y yo me quedé sola en mitad de la gélida corriente de aquella sala y con la luz amarillenta de sus halógenos mortecinos; y entonces escuché el «tic-tac» de un reloj de pared que ni siquiera sabía que estaba allí, echándome un pulso con sus interminables segundos. Terminé mimetizada con el entorno, dejando de sentir la incomodidad de las sillas de metal que, en circunstancias normales, me hubieran hecho levantar unas cuantas veces. Mis piernas, siempre inquietas, estaban rígidas e inmóviles, ancladas al suelo sin moverse hasta saber que estabas bien.

Y de pronto, Dios vino a mi. Bien sabes que soy atea, pero esa tarde se materializó en un cuerpo mortal, vestido con una bata blanca manchada de sangre, gorro, calzas y mascarilla; acompañado por otro ángel ensangrentado. Me llamó con su voz celestial y me estrechó la mano con firmeza, tras depositar los guantes en un contenedor negro, mientras intentaba mantenerme en pie con las pocas fuerzas que me quedaban tras la espera y la ansiedad. «Todo ha salido bien», dijo, y una corriente de alivio me estremeció de la cabeza a los pies al tiempo que me pormenorizaba los detalles de la operación. Importantes, sí, pero menos que el hecho de saber que seguías viva. Tampoco fueron capaces de determinar el resultado, pues era pronto para valorar los daños, pero no me importaba porque te quedabas conmigo.

Dos días en coma, tres meses de ingreso hospitalario y un año de lucha para recuperar tu movilidad y capacidades cognitivas, para ser la persona que fuiste. Has vuelto a nacer y la vida me ha dado la oportunidad de poder compartir esta segunda parte del camino contigo, pero quiero que sepas que no eres la misma persona, eres mejor. Más fuerte, más alegre y más vital. Me das lecciones de superación todos los días y me enseñas a valorar las cosas que realmente importan.

¿Sabes una cosa? Hubo un momento en el que se me pasó por la cabeza la idea de que no fueras a volver, pero lo deseché enseguida por imposible, porque no conozco a nadie más fuerte y luchadora que tu. Nos hemos librado del intruso por segunda vez y espero que se le hayan quitado las ganas de intentarlo en un futuro, si lo hace, volveremos a hacerle frente juntas.

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