Aprendiendo a recordar

Reto 7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución para alguien que pierde la memoria cada día.


El teléfono suena a las diez de la mañana, como cada día, despertándole con sobresalto. Enciende la luz de la lámpara que tiene en la mesita de noche y, tras un par de timbrazos más, descuelga:

—¿Dígame…?

—¡Buenos días, Antonio! Llamo de Teleasistencia, para recordarle la medicación —dice la agradable voz de la señorita que le habla con simpatía—. Tiene que tomarse el Sintrom después de desayunar y no se olvide de revisar el libro que hay en la cocina, ¿vale?

—Vale.

—Hasta mañana —se despide.

—Hasta mañana… —cuelga, sin saber con quién ha hablado exactamente— Que me tome el Sintrom y no sé qué de un libro… ¿Qué libro…? —murmura, hablándose a si mismo para no olvidarse de lo que tiene que hacer. Se sienta al borde de la cama para ponerse las zapatillas y alcanza con el brazo el batín que reposa sobre la funda nórdica, mientras sigue dándole vueltas —¿Qué será eso del libro?… Y que está en la cocina, dice… Pa mi que se ha equivocao…  

Antes de ir a desayunar, pasa por el cuarto de baño para eliminar todo lo que ha retenido durante la noche. Se lava las manos y la cara con agua fría, como le enseñaron desde pequeño, y se seca con la toalla que tiene detrás de la puerta. Le cuesta reconocerse al mirarse al espejo, con la cara llena de arrugas, el cabello blanco y grandes bolsas alrededor de sus ojos azules, como si le hubieran llovido cincuenta años  mientras dormía. De pronto, algo capta su atención. Una nota pegada en el cristal que dice: «Tomar Sintrom y ver libro».

—¡Cucha! ¡Qué perra les ha entrao a tos con el libro! —exclama— Lo del Sintrom tiene un pase, pero eso del libro… Raro es…

Camina hacia la cocina con dificultad, le pesan mucho las piernas y los achaques, y encuentra sobre la mesa un paquete de sobaos pasiegos, una taza con su cucharilla, el azucarero y un tarro de descafeinado soluble. Al lado, el famoso libro, un tomo marrón bastante grueso y desgastado, con un aparato encima. Pero lo primero es lo primero, y su estómago cargado de sabiduría empieza a rugir. Desayuna en compañía del soniquete del transistor, narrando un debate matinal sobre política —«Éstos son tos nuevos», dice cada vez que no reconoce el nombre de algún miembro del Parlamento—, y el tintineo de la cuchara removiendo el descafeinado que ha calentado dos veces en el microondas, por despiste. Se toma la medicación y recoge los cacharros antes de echarle mano al libro.

Se fija en el aparato que hay encima, una especie de caja metálica muy fina con un botón negro. Lo coge, es muy ligero y parece que se le va a caer con las manos temblorosas, y lo mira con detenimiento y extrañeza. Por la parte de atrás hay una nota pegada con celo, que dice: «Dale al botón y escucha».

—Ojú, cuánto misterio…

Tras coger el libro y tan extraño aparato, apaga el transistor, y se marcha hacia el salón para levantar las persianas y sentarse en el sofá. Vuelve a mirar con recelo aquella caja metálica, dudando si apretar o no el botón. Finalmente, lo hace y escucha otra voz femenina, algo más mayor que la de la joven de Teleasistencia:

«Hola, papá. Soy Remedios, tu hija pequeña. Seguramente no sepas quién soy, y te estés preguntando cómo es eso de que tienes una hija —¡Coñe, que la máquina esta me lee el pensamiento!, piensa—, ¡pero en realidad somos cinco! —la locución suelta una leve carcajada que hace que Antonio sonría— No te preocupes papá, yo te lo explico.»

Le da instrucciones para que abra el libro por la primera página, donde lee su nombre escrito con una tipografía muy bonita —«Ése soy yo», piensa— y comienza a describirle cada una de las imágenes que encuentra en su interior.

»La abuela me dio estas fotografías para que las tuviera yo, ya sabes lo mucho que me gustan —«¡Y yo qué voy a saber!», exclama—. El hombre vestido de militar eres tú y la que está a tu lado es Amparo, mamá. Ahí aún erais novios. Os conocisteis en Cartagena, mientras hacías el servicio militar, te destinaron allí aunque eres de Jaén. Vivía cerca del cuartel y trabajaba en la tienda de ultramarinos que os proveía, tú estabas en las cocinas y te tocaba ir a comprar día sí y día también, aunque la despensa estuviera llena. Mamá siempre dijo que al principio no le gustabas nada, que eras delgaducho y enclenque, pero que a base de insistir te llevaste el gato al agua.

»Cuando terminaste el servicio militar, te ofrecieron quedarte en el cuartel pero mamá te pidió que no lo hicieras por si te mandaban al extranjero, y te metiste a trabajar en una fábrica de ladrillos. Allí, además de ganar un dinero para comprar un pequeño terreno en Murcia capital, hiciste una cuadrilla de buenos amigos que te ayudaron a construir la casa en la que nos hemos criado, y en la que vives actualmente.

—Hay que ver, qué apañao soy —se dice, orgulloso de su hazaña.

El bueno de Antonio miraba las fotografías como si fueran las de un extraño; sin embargo, tenían algo que hacían que se emocionara. Parecía que su cerebro recordara vagamente. Mientras, la grabadora seguía narrando las historias que guardaban aquellas imágenes descoloridas.

»Después vino la boda y el nacimiento de tu hijo el mayor, que se llama Antonio, como tú.  La segunda, es Elvira. Mamá dice que siempre quisiste tener una niña y que te volviste loco cuando ella nació. “La niña de mis ojos”, decías. Francisco, Juan y yo nacimos con un año de diferencia. ¿Sabes que fuiste tú quien eligió los nombres de todos nosotros? Sí. Antonio por tu padre, Elvira por tu madre, Francisco por tu suegro, Juan por tu hermano y Remedios por tu suegra.

Pasa las páginas ensimismado, viendo crecer a aquellos niños, y el paso del blanco y negro al color; siempre abrazado a esa mujer rubia de ojos claros. Y a su vez, esos niños, ya adultos, se casaban y tenían más niños. A pesar de que la grabadora les va nombrando y contando anécdotas sobre ellos, le es imposible memorizar tanta información pero sonríe al ver esa familia tan grande, que se supone que es suya. Sin embargo, se pregunta cómo es posible que siendo tantos se encuentre solo en casa.

»Ya ves, papá. Todos estamos creciditos, y algunos hasta hemos sido abuelos hace poco. Los hermanos tenemos muy buena relación pero cada uno hacemos nuestra vida, a pesar de llamarnos con frecuencia y reunirnos cuando se puede. Francisco, tu hijo mediano, vive en Madrid con su mujer y sus tres hijos. Elvira, tu hija mayor, se marchó a vivir a Santander con su marido, a la casa que heredó de sus suegros. Juan, el pequeño, tiene una casita un par de calles más abajo pero siempre está de viaje y la pisa poco, se la alquila a una chica muy maja. Antonio, el mayor, y yo, la pequeña, también vivimos cerca de aquí con nuestras familias y venimos a visitarte todos los días para que no te falte de nada y no te sientas tan solo.

»Mamá murió hace cinco años y, poco después, sufriste un infarto cerebral. Estuviste un tiempo ingresado en el hospital hasta que te recuperaste. Elvira y Santiago, su marido, vendieron la casa que tenían en Yecla para que pudiéramos pagar la rehabilitación que necesitaste, pero ¡ya ves que estás hecho un jabato!

Se hace un silencio en la grabación, como si la persona que estuviera hablando necesitara una pausa para contener el llanto, y Antonio también se emociona, brotando lágrimas de sus ojos, al saber todo lo que significa para esas personas a las que no es capaz de conocer.

»Te quedó alguna secuela después de la operación. Tienes lagunas de memoria, de manera que tu cerebro empieza de nuevo cada día. Mañana no recordarás nada de lo que vivas hoy, pero para eso estoy yo, no te sientas mal. Como ya te he dicho, me encantan las fotografías y tengo muchos álbumes más con recuerdos tuyos, para que tus nietos y bisnietos puedan disfrutar de su abuelo como lo hemos hecho nosotros, tus hijos.

Antonio lamenta escuchar eso, saber que cuando despierte todo volverá a comenzar desde cero, como esa misma mañana, y luchará con todas sus fuerzas para que eso no suceda.

»En fin, no me enrollo más. Dentro de un rato irán a visitarte una chica  y entrará con llaves, no te asustes. Se llama Kerly, y vive en casa de tu hijo Juan. Te preparará la comida y te hará compañía hasta que yo llegue. Es muy maja, ya verás. Iré a verte cuando salga de trabajar, sobre las siete, para dar un paseo y charlar de nuestras cosas. Seguro que tienes muchas preguntas que hacerme. Te quiero papá, luego te veo.

La grabación termina y la casa queda en silencio, hasta que escucha la puerta de la calle abrirse. Se levanta del sofá y sale al pasillo, caminando con pasos pequeños y apresurados, para recibirle:

—Hola Kerly —le dice. Ella le sonríe y le devuelve el saludo como cada día, aprovechando esos breves momentos en los que parece que su memoria permanece intacta.

Resultado de imagen de manos de anciano

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