Vivian

Reto 8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.


NOTA: Antes de comenzar, os pongo en antecedentes por si alguien no ha visto la película sobre la que voy a escribir, que es posible. He elegido Pretty Woman porque es un clásico de la comedia romántica y porque hace poco leí un artículo bastante interesante sobre ella (con un resultado mucho más trágico que el mío) que me ha servido de inspiración. Os dejo un breve resumen como hilo para introducir la trama:


Edward Lewis es un rico hombre de negocios que viaja regularmente a Los Ángeles, donde se aloja en la suite de un lujoso hotel, el Regent Beverly Wilshire. Una noche se lleva al hotel a una prostituta, Vivian Ward, con la idea de consumir sexo/prostitución esa noche. Vivian tiene comportamientos un tanto vulgares, pero Edward se siente atraído por la mujer y le ofrece quedarse toda la semana con él por el precio de 3.000 dólares y ella accede a la transacción. A lo largo de esa semana, los dos se irán conociendo e intimando y desarrollarán sentimientos. Edward le paga ropa cara para que pueda vestirse acorde con su posición socio-económica y pueda acompañarle a los actos sociales a los que suele asistir para ocultar a la gente que él suele frecuentar (y para que esta gente no pueda intuir) que ella ejerce la prostitución. En uno de estos eventos, Phillip, el mejor amigo y socio de Edward, le muestra su inquietud pensando que es una espía industrial, a lo que el empresario le cuenta la verdad. Después de perder mucho dinero en un negocio, se presenta en la suite donde se aloja la pareja para ajustar cuentas con su amigo, pero al no encontrarle decide cobrarse su venganza con Vivian. Finalmente, Edward consigue que le echen del hotel y Vivian decide marcharse ante lo ocurrido. Él, sin vacilar, saca de su cartera la cantidad acordada y llama a recepción para que le preparen un coche con chófer. Ella deja el dinero encima de la cama y se marcha con lo puesto.

Una vez en casa, lo primero que hace es cambiarse de ropa. Volver a las medias de rejilla, las botas de tacón hasta la rodilla, la peluca rubia, y el vestido azul y blanco que llevaba la noche que conoció a Edward y que Kit, su mejor amiga, trajo de vuelta de la suite sabiendo que podría volver a necesitarlo algún día. Su traje de batalla y mejor carta de presentación. Ahora que regresa a su antiguo trabajo —aunque no lo había dejado nunca, realmente—, debe ajustar cuentas con su chulo y propietario del apartamento donde vive con Kit por los días de ausencia, y no está dispuesto a perdonarle ni un centavo. Así es como cambia los lujosos palcos de la Ópera de San Francisco por el olor a orín de la esquina que frecuenta y ahora comparte con otra chica más.

—¿Qué miras, puta? —dice, al ver que Vivian le está mirando. No puede evitarlo, es tan joven que apenas tiene desarrollados los pechos y las caderas, su cuerpo es recto y sin formas como el de una niña.

Vivian no responde y se da la vuelta, caminando hacia el otro lado de la calle con esa forma de andar tan personal y que ha detenido a centenares de coches a lo largo de su carrera, como ocurrió con Edward. Claro que su encuentro fue fruto de la torpeza, al no saber conducir el Lotus Espirit SE de 1989 que le prestaron aquella noche y ella se ofreció a llevarle hasta el hotel donde se hospedaba por un módico precio. Y todo empezó en esa misma calle que ahora contempla melancólica. Ella, que jamás tuvo sueños y su vida se resume en una consecución de conquistas desastrosas —cada cual peor—, llegó a imaginar una vida con él a pesar de que nunca se prometieron nada. Eran negocios, solo eso. De todas las veces que le han llamado puta, ésta es la que más le duele y no sabe por qué —al fin y al cabo, es su oficio— pero esas cuatro letras se han clavado como puñales en lo más profundo de sus sentimientos, ya heridos. Más que cuando Phill las escupió esa misma mañana en la habitación del hotel. Lo peor de todo es que ser terminó creyendo su papel de señora de empresario adinerado. «Otra mala conquista, Vivian», se repite hacia sus adentros, aunque sabe que toda la culpa es suya.

Toma aire para evitar que las lágrimas que amenazan con deslizarse por su rostro estropeen su cuidado maquillaje, la otra parte del disfraz, mientras piensa en la última vez que se sintió así, cuando Edward le llevó de compras por Rodeo Drive y pasó por delante de aquellas lujosas tiendas en las que no quisieron atenderle hasta que su acompañante enseñó la VISA. Aquella mujer que vestía trajes caros y elegantes no era ella, la verdadera Vivian es la que se come las calles noche tras noche, armada con charol de sus botas y enfundada en aquel trozo de tela elástica que deja al descubierto sus interminables piernas. Sin embargo, ahora se siente extraña e insegura. Un grupo de chavales para por su lado, mirándole de arriba abajo para comprobar la mercancía, sintiéndose como un maniquí de escaparate.

—Oye guapa —dice uno, acercándose a ella lo suficiente como para respirar el pestilente olor a cerveza que sale de su boca—, ¿cuánto cuestas?

—No creo que puedas pagarlo —contesta, sonriendo de forma encantadora. El chico se aleja con mala cara y vuelve junto al grupo, avergonzado, mientras el resto bromea y se burla de él. Ya tienen algo con lo que reírse esta noche, en cambio, Vivian se responde a la pregunta pensando en su propio valor: «Nada».

Decide regresar a la esquina donde aguarda su compañera, pero no está. Temiendo lo peor, se apresura a ir a buscarla antes de que su chulo aparezca y las consecuencias sean terribles. La encuentra escondida entre dos contenedores de basura que hay en un callejón cercano, sentada sobre el pavimento mojado con las piernas abiertas y el cuerpo lánguido, colocada. Vivian se arrodilla frente a ella y le da unos golpes en la cara para que reaccione, observando las venas reventonas de su brazo y la jeringuilla en el suelo. La chica abre los ojos y sonríe.

—¿Por qué haces esto?— pregunta, ni siquiera sabe cómo se llama.

—Es la única forma de no sentir nada mientras me follan una y otra vez por unos dólares.

—No quiero que hagas esto nunca más, ¿me oyes? —dice, agarrándole la cara entre sus manos para que le mire. Se le encoge algo en el pecho ante aquellos ojos sin vida, y comprende que no importa lo que le diga, se encuentra ante alguien que nada teme perder porque nada tiene—. Vamos a salir de esto, ¿de acuerdo?

—¿Y tú por qué has vuelto? —pregunta—. Eres la del ricachón, ¿verdad? —Vivian no sabe qué responder y tampoco le da opción—. En el fondo eres como yo, tampoco tienes dónde caerte muerta. Nadie va a cambiar lo que somos —recoge la chaqueta del suelo, arrastrándola para ponérsela y ocultar el pinchazo antes de ponerse de pie con pesadez—. Asúmelo, no va a venir a buscarte.

Se aleja tambaleándose sobre sus tacones de aguja y estirándose la falda para aparecer presentable ante sus clientes y Vivian sigue ahí, mirando la jeringuilla del suelo y una bolsa pequeña, que contiene un conocido polvo blanco. A pesar de saber que debería tirarla en la alcantarilla más cercana y alejas todas las malas ideas que pasan por su cabeza en ese momento, no tiene fuerza de voluntad y cede antes los caprichos de la coca como única solución posible. Sin duda, no es su mejor noche. A pesar de conseguir un par de buenos servicios con clientes agradables y que pagan bien, no son ni tan galantes ni exclusivos como Edward. Cometió el error de enamorarse, de saltarse su propia regla de “nada de besos en la boca” y ahora maldice la hora en que no hizo caso a los consejos de Kit. Por suerte, cuando llega a casa no está.

Se descalza y estira las puntas de los pies, entumecidas por el frío y los paseos con esos dichosos tacones, tira el bolso y la peluca en una silla y se deja caer sobre la cama. Se mete la mano en el sujetador y saca la bolsita con el polvo blanco, que contempla con deleite. Piensa en la cantidad de cosas que puede hacer con ella, desde venderla hasta esnifársela, baraja cientos de posibilidades y ninguna le convence, ni ir a la cárcel ni quitarse la vida. Va al cuarto del baño, levanta la tapa del inodoro y deja que se pierda al tirar de la cisterna, como su vida junto a Edward. Ha decidido marcharse y comenzar de cero en un lugar donde nadie le conozca ni le señale.

Recuerda que en el último evento social al que acudió con él —un partido de polo con fines benéficos— llevaba un juego de sortija y pendientes que guardó en el bolso para no perder, y allí están. Tiene claro lo que hacer y no se lo piensa dos veces, sabe que esas joyas valen un dinero, lo suficiente como para callarle la boca a su chulo y comprar un billete de autobús. Aprovechando que aún no ha amanecido, va a la casa de empeños de un viejo conocido que no duda en pagarle los cien mil dólares que cuestan esas joyas, en efectivo, con los que Vivian se marcha a casa para recoger sus pocas pertenencias. Deja algo de dinero sobre la almohada de Kit con una nota: «Te llamaré cuando llegue. Te quiero. Vivian».

Sale a la calle y se encuentra con la joven desconocida manteniendo una acalorada discusión con el proxeneta y se acerca, apartándole de ella con un empujón:

—¡Aquí tienes tu puto dinero! —Pone un fajo de billetes con fuerza sobre su pecho descubierto y aprovecha que los mira embelesado para darle un puñetazo ante la mirada atónita de la chica. Le extiende otro par de billetes y antes de parar un taxi, le dice—. Sal de esta mierda.

De camino a la estación no piensa en ningún destino, quiere que sea azar quien decida por ella. En la terminal, mira en el panel de información para saber hacia donde sale el primer autobús y el resultado es bastante satisfactorio: Chicago.

*****

Una limusina negra se adentra por las calles del barrio ante la atónita mirada de los chavales que juegan en las canchas de baloncesto. El Amami Alfredo, pieza musical de La Traviata, se radia al exterior a través del techo descubierto como si fuera el camión de los helados. El lujoso coche se adentra en la calle donde se encuentra el apartamento de Vivian y aparca debajo de la ventana del dormitorio, mientras de ella desciende un engalanado Edward con un ramo de rosas gritando el nombre de su amada como un príncipe de cuento:

—¡Vivian, Vivian! ¡Bajad, princesa Vivian!

Sin embargo, es Kit quien se asoma por la ventana, despeinada y bostezando.

— ¿Dónde está Vivian? —pregunta.

—¡Muy bonito, Romeo, pero puedes decirle a tu chófer que apague a la señora que llora! —grita, el volumen es tan elevado que es imposible comunicarse de otra manera. Finalmente, la música cesa— Joder qué alivio… —murmura— Vivian no está, chato.

—¿Ha salido?

—Eso parece, sí.

—¿Y te ha dicho dónde a ido, o cuándo vuelve?

—No, y tampoco te ha dejado una nota en recepción —responde con sarcasmo—. Se ha marchado. Me ha dejado una nota diciendo que me llamará cuando llegue y nada más. Llegas tarde, guapo.

Parece que Edward Louis, el gran empresario triunfador, ha perdido el mayor negocio de su vida: a Vivian.

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PD: Y como sé que ésto os habrá dejado mal sabor de boca a la mayoría de vosotrxs, os dejo la escena original y cargada de amor.

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