Jacinto

a. El/la protagonista debe pasar por, como mínimo, 1 de las 5 fases del duelo durante el tiempo presente del relato.

b. El/la protagonista debe ser enterrador/a

c. Debe aparecer la frase: “No me lo esperaba”.


Jacinto llevaba escrito su futuro en el nombre, igual que el de su padre y su abuelo, y como ellos, también es sepulturero. Enterrador, de toda la vida. «¡Vaya tela, Jacinto! ¡Si tienes nombre de flor de muerto!», le dicen, pero se lo toma con humor. Es un hombre alegre y divertido a pesar de lo que pueda parecer en su trabajo, donde siempre está serio. Convive con la muerte desde que nació, lo ha mamado, y tampoco se le ha pasado por la cabeza dedicarse a otra cosa. De hecho, teme más a la vida.

 

Hace más de un año que Jacinto no bromea, que ha perdido el interés por la vida. Se ha convertido en un hombre oscuro y rígido, como los cuerpos que amortaja. Piensa en lo puta que es la vida, que de un plumazo se llevó a su hija y a su nieto.

Jamás había enterrado a un neonato hasta que sostuvo entre sus brazos el cuerpo de Lucas recién nacido, hinchado y amoratado. Vino de nalgas y con vuelta de cordón. Le depositó con todo el amor del mundo en el interior de aquel ataúd de madera blanca, algo más grande que una caja de zapatos. Se le encogió el corazón. Tuvo que hacer lo mismo con su Marta, de veinticinco años, que murió al darle a luz. Los médicos no pudieron frenar la hemorragia. La miraba y pensaba en la suerte que tuvo al morir antes de ver al niño, pues no podría superarlo. Su mujer tampoco lo superó y murió un año después de un ataque de corazón. En el pueblo dicen que se lo partió la pena.

Jacinto no pudo llorar sus muertes ni oficiar un funeral de testigo, como hace todo el mundo. No. Él es el enterrador y tiene que trabajar. Cargaba la pala con rabia y tierra removida para dar sepultura a sus familiares, mientras el párroco rezaba porque encontraran su lugar en el Reino de los Cielos ante el silencio de varios presentes. Soportó los cuarenta grados de solana andaluza aquella tarde de agosto en el entierro de su Mari, y sintió que no podía más.

 

—Hay que tirar pa’lante —le dice el tabernero, sirviéndole un chato de vino—. ¿Crees que alguien está preparao pa eso? Es ley de vida, no se puede hacer na.

—¡Ni ley de vida ni cojones! —golpea el vaso sobre la barra de madera con contundencia, maldiciendo—. No se me va de la mente mi nietecillo, Fermín —dice—. La vida me ha robao la ilusión de tirar pa’lante, ni los chatos me alivian la pena, y le rezo a Dios pa que me lleve con mi Mari.

Aliviarle la pena no, pero darle valentía, sí. Esa misma noche tras pagar la cuenta y despedirse de Fermín con su típico «con Dios», se dirige a las vías del tren para ajustar cuentas con la vida.

 

—No me lo esperaba —dice Fermín cuando la policía le informa de la muerte de su amigo.

Memorias de un Enterrador. Libro Segundo.:

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