Ruta de la seda

La propuesta consiste en crear un relato que contenga las palabras sombra y seda. Ambas podrán aparecer en plural. 


 

Se ahoga, no puede respirar. La atmósfera se vuelve densa y el calor abrasa su blanca piel, como una larva sumergida en agua hirviendo. Utilizaba esta técnica para obtener hilos de seda en la fábrica donde trabajaba junto a otro grupo de mujeres.

Una mañana, recibieron la visita de unos extranjeros a los que sus responsables pasearon por todas las instalaciones. Les mostraron todo el proceso de producción, desde el cultivo del gusano hasta el tintado de las telas para su posterior venta. Aquellos hombres poderosos, que provenían del país más rico del mundo, quedaron encantados y ofrecieron grandes sumas de dinero a cambio de la explotación de los recursos y el monopolio de la distribución. Abrumados, los dueños vieron en la propuesta el mayor negocio de sus vidas para que su producto fuera conocido a nivel mundial. La seda ya estaba bien posicionada en el mercado oriental pero les brindaban la posibilidad de extenderse por el mercado occidental. Cerraron el trato sin saber que con la firma del contrato perderían todos sus derechos sobre la fábrica.

Los occidentales se hicieron con el control poco después. Mecanizaron todo el proceso y sustituyeron a los trabajadores por grandes máquinas, que duplicaban la producción y la obtención de recursos diarios. La sobrexplotación relegó a un arte tradicional y milenario. Los occidentales prosperaban mientras los orientales se veían obligados a marcharse, huyendo de la miseria para alimentar a sus familias.

Impotente ante esta situación, Meylin decidió que no podía quedarse de brazos cruzados y convenció a su hermano Chang, que trabajó como criador, para que la ayudara a colarse en la fábrica y destruir los documentos. Conocía el lugar como la palma de su mano. Tras romper una de las ventanas con una piedra, no la resulta difícil acceder al despacho que perteneció a su jefe y prender fuego a todos los papeles que encuentra con un encendedor. Sale deprisa a reunirse con su hermano y se abrazan entusiasmados, sin darse cuenta de que la fábrica comienza a arder a sus espaldas. Aquello no estaba previsto y sus sombras inquietas corren por el empedrado hacia la estación.

Consiguen burlar a los vigilantes y escabullirse entre los vagones, repletos de contenedores. Se despiden y Chang corre hacia otro vagón mientras Meylin le sigue con la mirada. Una vez encuentra su sitio, ella busca un contenedor en el que esconderse durante el viaje. Los cargueros salen entrada la madrugada y no tardarían en cerrar las puertas. Piensa que por fin esos avariciosos sin escrúpulos han recibido su merecido, arruinándose como han hecho con tantas familias.

Un golpe seco la saca de sus pensamientos, han cerrado la puerta y reina la oscuridad. También lo inunda un fuerte olor y la temperatura comienza a elevarse. Asoma la cabeza por el contenedor y observa como las llamas empiezan a devorar el vagón. El denso humo se extiende por el reducido espacio mientras intenta salir. Golpea la puerta y llama a su hermano entre gritos a pesar de saber que no la escuchará y que, como ella, también morirá calcinado.

Tal era el poder de esos occidentales que compraban a los vigilantes para retener los trenes que llegaban de otros países y quemarlos para eliminar cualquier competencia. Reconstruirían el negocio y seguirían creciendo. En cambio, para ellos termina su Ruta de la Seda.

Resultado de imagen de Benarés

 

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