Espacio y tiempo

12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.


 

—¡Llego tarde! —Se levanta de un salto—. ¡Si falto a la clase de Pociones no aprobaré el curso! ¡Tengo que hacer algo!

Abre el libro de «Hechizos e Invocaciones» por la página doce mil cuarenta y siete del «Nivel Avanzado» en busca de una solución. Sus ojos pasan a toda velocidad por cada una de las líneas hasta que encuentra «Retroceder en el tiempo» y lee con atención:

 «Este hechizo permite regresar a un momento determinado en el pasado temporal. —«¡Genial!», piensa—. Las palabras deben ser pronunciadas con precisión, cuidando no variar una sola sílaba. —«Menuda chorrada…»—. «Sus efectos revertirán después de una hora».

Decidido, pronuncia el conjuro y, de pronto, un vórtice se abre en una de las paredes de la habitación y lo arrastra hacia una profunda oscuridad. Su cuerpo da vueltas mientras cae en picado y cierra los ojos para no sentirse tan mareado. Sin esperarlo, cae sobre un terreno duro, una llanura árida. Las arenas se elevan en un remolino que lo envuelve y obliga a cubrirse el rostro, mientras escucha unos alaridos aterradores. Un inmenso dragón bate sus alas con violencia y desciende frente a él, mostrando sus fauces. Asustado y al borde de la muerte, se lleva las manos a la túnica para intentar salvarse pero ha olvidado su varita. Nada puede hacer salvo esperar a ser engullido; sin embargo, la bestia se detiene.

—¡Y aquí tenemos al culpable de este desastre!

Aovillado sobre el suelo con la cabeza entre las rodillas, recibe un golpe seco en la coronilla con un objeto contundente y abre los ojos. Un anciano de barba blanca y larga hasta los pies sostiene un báculo de sabio. Lo mira con evidente enfado.

—¡¿Tienes idea de lo que has hecho, jovencito?!

—Ni siquiera sé dónde estoy… —murmura.

—¡Mírame a la cara cuando te hable! —Golpea el suelo con el báculo—. ¡Dime ahora mismo quién eres y de dónde vienes!

—Mi nombre es Harry y vengo de Londres. ¿Puede responderme a la misma pregunta? Llego tarde a clase y me gustaría saber dónde estoy.

—En la Tierra de Oz, frente al Gran Mago, y tienes un grave problema. Tienes que decirme qué has hecho para llegar hasta aquí.

—Me quedé dormido y no llegaba a tiempo al examen final de Pociones. Suspendía el curso si no me presentaba y busqué un hechizo para retroceder en el tiempo.

—¡Por qué dejan tanto poder en manos inexpertas! ¡Es un conjuro muy peligroso y puede tener consecuencias fatales!

Una gran corriente de agua se acerca hacia ellos. El Mago coge al joven aprendiz por la capucha de la sudadera y lo levanta del suelo antes de que el desbordamiento invada la llanura por completo. Escapan de lugar a lomos del dragón.

—Tenemos una hora para dejarlo todo como estaba antes de que el hechizo revierta.

—No lo entiendo. ¿No se supone que después de la hora, el tiempo no habrá pasado y todo quedará igual?

—Eso sucede cuando un mago en condiciones pronuncia las palabras como es debido. Has abierto una brecha tempo-espacial, es decir, has invertido el orden de los acontecimientos en tiempo y espacio. Hay que hacer que suceda lo mismo que ocurrió tal día como hoy hace un millón de años para que la historia siga su curso antes de que pase el tiempo de efectividad del hechizo o, de lo contrario, el mundo no será como lo conoceremos en un futuro.

—¡Pero no puedo quedarme aquí! ¡Tengo que ir a clase!

—¿En la escuela no os enseñan a ser consecuentes con vuestros actos? Vas a quedarte aquí hasta deshacer este embrollo y no hay más que hablar.

Vuelan sobre un cielo despejado y bajo un sol espléndido, eso inquieta al Gran Mago. Hace un millón de años, un tornado arrastró una casa de madera y terminó con la malvada Bruja del Este al caerle encima. En ella viajaba Dorothy, una niña destinada a convertirse en la futura emperatriz de Oz. De no llegar a producirse tal acontecimiento, la Tierra de Oz sería destruída.

El dragón no dejaba de emitir quejidos y suspiros amargos.

—¿Qué le pasa? —preguntó el joven.

—Su compañera ha desaparecido y lamenta su pérdida. Está enamorado.

Una densa columna de humo aparece ante sus ojos y el Mago no duda en dirigir al dragón hacia allí. Varios soldados del Ejército Rojo cargan con fiereza sobre una ciénaga mientras su propietario lucha con uñas y dientes para evitar su destrucción. Las llamaradas del dragón ahuyentan a los soldados pero no consiguen frenar el incendio de la pequeña casa que reposa sobre el lodazal.

—Me costó mucho levantarla…

Harry se siente culpable y levanta la cabeza hacia el Mago, que lo fulmina con la mirada.

—No te preocupes, amigo. Ven con nosotros al Palacio y te daré cobijo hasta que reparemos tu casa. Lo solucionaremos.

Agradecido, el ogro acepta su invitación y continúan el viaje a lomos del dragón mientras el tiempo corre en su contra. Antes de llegar a Palacio, un resplandor sorprende al dragón en pleno vuelo y debe detenerse sobre la copa de un árbol. El Mago desciende por el grueso tronco con gran habilidad y comprueba que el causante del destello es un hombre de hojalata tendido en mitad del sendero, agotado y medio oxidado.

—¿Qué ha pasado?

—Marchaba con el león y el espantapájaros cuando los soldados del Ejército Rojo nos asaltaron. Mis amigos echaron a correr pero se me encasquilló una bisagra y no pude seguirlos. Me han rodeado y rociado con azúcar para que no pueda moverme. Tengo que llegar al Castillo Dorado antes de que la Bruja del Este se salga con la suya.

—Tranquilo, vamos a ayudarte. ¿Verdad, muchacho? —De nuevo, lo fulmina con la mirada antes de que Harry pudiera asentir—. ¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder!

Las tropas aladas del Ejército Rojo sobrevuelan los alrededores del Palacio de Marfil en busca de la derrota del Gran Mago para que la Bruja del Este y su hermana, la Bruja del Oeste, puedan reinar en la Tierra de Oz. Las quimeras se abalanzan sobre ellos en picado pero no consiguen derribar al dragón que lanza grandes llamaradas. Se posa en la cúspide de la torre principal para que los demás puedan entrar por una de las ventanas, pero las quimeras no se lo permiten. Es demasiado peligroso y si alguno cayera al vacío, no habría nada que hacer.

—¡Salta! —dice al ogro, que parece no entenderlo— ¡Haz lo que te digo! ¡Ponte a saltar con todas tus fuerzas y no pares! —Hace lo que le pide y se dirige al hombre de hojalata— ¡Tú! ¡Ponte en dirección al sol y deslúmbralas!

La torre retumba con cada salto hasta que la piedra cede bajo sus pies y caen. Fuera, las quimeras se lanzan contra las vidrieras pero el dragón se abraza a la estructura para impedirlo.

—Bien, Harry. Muéstrame el hechizo —Señala su libro de magia, que reposa en un atril dorado, y los dos magos se dirigen hacia allí.

El joven aprendiz lo abre con cuidado para no dañar sus páginas. Se parece mucho al que heredó de su abuelo y no tiene problemas para encontrarlo. El Gran Mago se coloca tras él y pronuncia el conjuro muy despacio, mientras las quimeras entran por las vidrieras de la torre y se abalanzan sobre Harry. Por suerte, el vórtice se abre antes de que puedan alcanzarlo.

—¡Llego tarde! —Se levanta, dando un respingo—. ¡Si falto a la clase de Pociones no aprobaré el curso! ¡Tengo que hacer algo!

—¿Adónde vas a estas horas?

—¡Qué haces durmiendo, Ron! ¡Tenemos el final de Pociones!

—Llevas soñando con ello toda la noche, ¿tan mal lo llevas? —se ríe—. Es domingo, Harry. El examen es mañana.

Resultado de imagen de vórtice

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