Abuelo 4.0

Balbino entra en la comisaría con paso ligero, tanto que ni apoya el bastón en el suelo como acostumbra, se salta la espera del mostrador ante las miradas del resto de personas y omite las llamadas de atención de los agentes que se cruzan a su paso para interceptarle —«¡No puede entrar ahí, señor!»—. Al menos puede utilizar como excusa el bajo volumen del audífono por falta de pilas. Abre la puerta del despacho del Comisario, sin llamar, que atiende al teléfono y abre los ojos como platos al verlo ahí parado frente a su mesa. Termina la llamada antes de lo previsto para descubrir qué hace ese hombre en su despacho.  

—¿Le puedo ayudar en algo?

—¡Gracias a Dios! —exclama, antes de sentarse. Deja el bastón a un lado, apoyado contra la mesa, y se desabrocha el abrigo marrón.

El Comisario no da crédito a lo que ve y se lleva la mano a la boca para camuflar una sonrisa. El abuelo más abuelo que ha visto en toda su vida entra en su despacho como un elefante en una cacharrería con un iPad de última generación y lo suelta encima de la mesa como si fuera el descarte de una partida de mus.

—¿Qué pretende que haga con esto? —pregunta, sin salir de su sorpresa.

—Que lo investigue. —El Comisario le mira con incredulidad—. Mire, verá. Le cuento.

Después de pasar por casa, regreso a la puerta del colegio, hablo con el conserje y paso hasta el despacho de la Directora. «El niño ha salido a las cuatro y media, como todos los días. ¿Con quién se ha ido? Con alguna persona autorizada, supongo». Supone, me dice la tía desgraciada. ¡Ni que no supiera que soy su abuelo y le recojo todos los días! Que lamenta las molestias… ¡Se han llevado a mi nieto y ni despeinada te ves!

Me marcho y vuelvo al parque, donde ya he estado. Confío ver a alguno de sus amiguitos pero ya son casi las ocho y a esas horas ya están recogidos en sus casas. Me acerco a un grupo de chavales, que están sentados en un banco con litronas de esas. «Qué va, abuelo. No lo hemos visto.» ¡Tanto beber en la calle, hombre. Que lo dejáis todo hecho un asco!

Vengo a Comisaría y me atiende uno de esos agentes con cara de acelga que tiene usted en la entrada. Que si es demasiado pronto, que si se ha escapado por una travesura… Oígame, señor Comisario. Las cosas no están para dormirse en los laureles, que cada vez desaparecen más criaturas y cuando aparece no se puede hacer nada por ellas. Al fin y al cabo yo soy viejo, pero ellos tienen toda la vida por delante. Total, que menuda policía de mierda que tenemos. Me dice que me marche a casa y espere.

La casa es un asco, vacía y en silencio. Sin sus risas ni las del Bo Esponja ese, que mire que son feos los dibujos pero mi chiquillo le encantan. Enciendo la tele y me pongo las noticias, y lloro como un niño pequeño. De pronto, oigo un ruido, como unas campanitas que se escuchan lejos. Le doy un par de vueltas a la rueda audífono, que a veces falla cuando se queda sin pilas, y lo escucho más claro pero no sé qué es. «Ti-tu-ti-tirurí. Ti-tu-ti-tirurí». —El Comisario no es capaz de articular palabra y, además, el señor no le deja meter baza ni un momento—. «Ti-tu-ti-tirurí. Ti-tu-ti-tirurí». Y veo que una cosa se mueve y se enciende al lado de la tele. Me acerco con las gafas a la altura de la nariz porque son de cerca, ¿sabe?, y me encuentro con esa cosa. —Señala el iPad con el dedo índice—. ¡Qué incordio! ¡Ni encontraba el botón para apagarlo ni se callaba!

El bicho se quedó un momento apagado pero al poco tiempo volvió la verbena. ¡Venga ruido, venga luces! Ya lo iba a tirar por la ventana cuando me doy cuenta que en la pantalla hay un teléfono que se mueve y dos botones, uno verde y otro rojo. Y al verde que le doy. «¿Qué pasó, abuelo?», me dice una voz muy rara a volumen bajo. Y como no oigo, me lo arrimo a la oreja. «¿Dígame?». La verdad es que le escucho muy mal pero dentro de lo que me permiten la distorsión y la sordera, dice algo de mi nieto. «¡Ay, por favor, no me le haga daño!», suplico mientras llevo a cabo mi plan. La verdad es que estas cosas electrónicas pequeñas no me gustan demasiado, lo mío son los ordenadores.

Corro hacia mi habitación y enciendo el equipo de sobremesa, mientras subo el volumen de mi audífono para aumentar la interferencia. Conecto el inhibidor que tengo en la mesilla de noche durante un par de segundos, el tiempo suficiente para conectar el adaptador USB para Apple que guardo en uno de los cajones del escritorio y lo conecto a la CPU. «¿¡Qué carajos hases, abuelo!?» «Ay, hijo. Que ya soy muy mayor para estas cosas…». Mientras le doy conversación, mi programa de rastreo se pone en marcha y vuelca los datos de localización de la IP a un archivo comprimido en mi disco duro, que pongo a su disposición para que muevan el culo de una puñetera vez, hatajo de inútiles.

Saca un pendrive de uno de los bolsillos del pantalón y se lo entrega al Comisario.

—¿Se lo tengo que dar más mascadito o con esto tienen suficiente?      

Resultado de imagen de hacker


22. Un/a anciano/a tiene que rescatar a su nieto y solamente puede contactar con el secuestrador con un iPad. Nárralo en clave de humor.

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