El inicio de la vida

Me llamo Carmen, tengo cuarenta años y no tengo hijos. Más que nada porque no quiero. A decir verdad, lo tendría bastante fácil. Trabajo en el área de Ginecología de un conocido hospital y tengo entre mis contactos a algunos colegas de Planificación Familiar y Reproducción Asistida, pero me faltan las ganas y el instinto maternal. Quizá porque desde mi juventud convivo a diario con cólicos y meconios. Quien diga que un parto es bonito es porque o no ha visto uno en su vida, o está de espectador. Pero no con las manos en la masa como yo, que me lo como todo desde el principio hasta el final. La culpa no es de la Biología, es de la estupidez humana y su afán por idealizar las cosas.

El primer parto que asistí no fue nada bonito, es más, incluso me atrevería a decir que fue una chapuza. La mujer llevaba más de doce horas de ingreso. No dilataba bien y a pesar de las contracciones y los esfuerzos, el bebé no quería salir. Después de esperar más de lo necesario a pesar de mi insistencia, y ante el agotamiento de la madre, decidieron practicar una cesárea de urgencia y evitar sufrimiento fetal. Esa fue mi primera aportación a la Historia de la Humanidad Neonatal.   

Cuando el anestesista terminó de hacer su trabajo, me tocó abrir el vientre de aquella mujer de lado a lado con un bisturí. Pensaba que sería como en las películas, un corte limpio y la naturaleza se abriría camino sola, pero ni mucho menos. La piel tirante del vientre obliga a realizar más de una incisión para desgarrar las distintas capas hasta llegar al saco amniótico. Después hay que separar las masas de carne con unas palas de metal y aspirar la sangre que brota para no perder la visibilidad de la criatura, que en ese instante estaba quieta y acurrucada sobre sí misma. El hedor era intenso. Imagina meter un filete de ternera dentro de una caja sin refrigerar durante nueve meses, pues igual.

Sacar al bebé también es complicado. Viscoso y mojado, hay que sujetarle de mil maneras para que no se escurra y evitar un disgusto. Por no hablar de ese «olor a vida» que desprende, a sangre, fluidos y desechos. Tras cortar el cordón umbilical me desentiendo de todo y les toca el turno a las enfermeras, que cosen a la madre con mayor o menor destreza y limpian al bebé.

En definitiva. Entiendo que para los padres sea precioso, emocionante y todo lo que queráis, pero ya me gustaría verles en faena como hago yo.    

Resultado de imagen de parto

 


23. Ponte un poco escatológico y cuenta un nacimiento.

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