El Descubrimiento

El consejero acude a los aposentos reales donde Su Majestad disfruta de un baño en compañía de algunas doncellas.

—Lamento interrumpiros, Majestad. Un asunto urgente reclama vuestra presencia.

—¿Quién osa a venir a mi Corte sin ser llamado?

—El genovés, Majestad.

—¡Ah! Ese loco que vino a pedirme oro y después se arrastró por la limosna de Castilla. Creía que estaba muerto.

—Todos lo pensamos, Majestad.

—Que espere, pues. Tengo asuntos más importantes en este momento.

El rey Juan le hace un gesto para que se retire y piensa en las últimas noticias que llegaron a sus manos sobre ese desgraciado, unas misivas que hablaban sobre un motín a bordo de la Santa María. Cuentan que los marineros, cansados de navegar sin rumbo, se sintieron burlados y le colgaron de uno de los pendones antes de partir con los otros barcos hacia rumbo desconocido. Como quiera que fuere, el almirante consiguió regresar al Reino de Castilla, famélico y medio moribundo, de donde fue expulsado y despojado de sus posesiones. Las malas lenguas dicen que cambió las galeras por las tabernas.

Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una de las columnas que decoran la estancia mientras dormita, parece imposible que se trate del mismo hombre de elegantes ropas y distinguido porte que se personó en Palacio meses atrás. El que mostró al Rey sus cartografías y le fascinó con las historias de ese tal Marco Polo, no es más que un mendigo que apesta a alcohol.

—Señor, señor. —El consejero le zarandea varias antes de derramar sobre su cabeza el agua de una jarra de barro y abofetearle— ¡Muestre respeto! ¡Está en presencia del Rey!

—Majestad —Se tambalea antes de inclinarse ante él, a punto de caer de bruces—. El almirante Cristóbal Colón se postra ante vos.

—Ya sé quién sois. Todos hablan de vos y no para bien.

—¡Soy un respetado capitán, Majestad! —balbucea con el índice levantado—. Y vengo a demostraros que existe un Nuevo Mundo más allá de este peligroso océano. Aquí traigo mis cartas que pongo a disposición de vuestro Reino a cambio de naves y hombres.

Mete la mano en el interior de sus pantalones y saca un pergamino enrollado y atado con  un cordel. El Rey y el consejero se miran con suspicacia.

—Debemos aceptar, Majestad —reflexiona el consejero en voz baja mientras Colón continúa su discurso, ajeno a la conversación. Ante su negativa, insiste —. Contente al almirante y guarde las cartas.

El rey Juan II de Portugal y Cristóbal Colón firmaron el Tratado de Cabralia, donde el confiado almirante cedía sus cartas de navegación a la Corona de Portugal y dejaba la expedición al mando de Pedro Álvares Cabral. La historia cuenta que días después de que la expedición partiera, el genovés sufrió un accidente a bordo y murió ahogado en las aguas del Atlántico; pero no todo lo que aparece en los libros es siempre la verdad.       

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a. El relato es una ucronía en la cual Cristóbal Colón nunca llegó a América.

b. Un personaje es adicto a una sustancia psicoactiva.

c. Un personaje debe bañarse.

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Como habéis podido comprobar, la actividad de la página no presenta el ritmo que llevaba hace algunos meses y he tomado la decisión de hacer parón, dadas las fechas que presentan (vacaciones y esas cosas) y otras razones personales. 

En los próximos días saldrán publicados algunos textos que he podido subir en estos días pero no sé cuando retomaré el ritmo (si es que eso sucede). Ahora me toca pensar en otras cosas y descansar.  

Buen verano a todxs.

 

 

El hombre afortunado

Llevaba un hacha en la mano y caminaba con paso lento y cansado. A pesar de que los años han pasado por él como lo hacen con cualquiera, todavía conserva la vitalidad de los dieciocho, cuando cargaba con árboles más pesados que él mismo desde la espesura del bosque hasta su cabaña en el lago. Continue reading “El hombre afortunado”

Derrotada

«¿Quién eres?», te preguntas al mirarte al espejo.

Hoy es uno de esos días, otro de tantos en los que no te reconoces. Y te preguntas qué es lo que falla. Estás cansada de ver esos ojos tristes que no dicen nada y callan mucho, esa boca que no brilla ni sonríe porque cada vez la besan menos, y el cabello de peluquería deslucido. Ya no pintas, ni cantas y lo que escribes no te llena como antes. A decir verdad, nada es como antes. Tu marco vital es monocromático y gris. Tus ilusiones han muerto y con ellas tus expectativas de futuro, si es que las hubo algún día. Las cicatrices de tu alma duelen y surcan tu rostro en forma de lágrimas. La realidad supera tu ficción.

Te has cansado de luchar en esa guerra sin sentido y te has rendido, como hacen los cobardes. A pesar de saber que no podías más, volviste a intentarlo con todas tus fuerzas, pero ha llegado un momento en el que nada es suficiente para ninguno de los dos. De nada sirven las palabras ni los intentos de acercamiento.

No te culpes, has hecho lo que has podido. Tu único error ha sido esperar un comienzo. No te arrepientas de las veces que has llorado, ni de las noches de insomnio en busca de soluciones. De esperar su llegada entre las sábanas. De haber amado de verdad.

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a. El narrador debe ser en segunda persona (no puede utilizar la primera persona, hablar de sí mismo).

b. El protagonista (el lector) es pintor.

c. Un personaje debe tener una cicatriz.

El inicio de la vida

Me llamo Carmen, tengo cuarenta años y no tengo hijos. Más que nada porque no quiero. A decir verdad, lo tendría bastante fácil. Trabajo en el área de Ginecología de un conocido hospital y tengo entre mis contactos a algunos colegas de Planificación Familiar y Reproducción Asistida, pero me faltan las ganas y el instinto maternal. Quizá porque desde mi juventud convivo a diario con cólicos y meconios. Quien diga que un parto es bonito es porque o no ha visto uno en su vida, o está de espectador. Pero no con las manos en la masa como yo, que me lo como todo desde el principio hasta el final. La culpa no es de la Biología, es de la estupidez humana y su afán por idealizar las cosas. Continue reading “El inicio de la vida”

Abuelo 4.0

Balbino entra en la comisaría con paso ligero, tanto que ni apoya el bastón en el suelo como acostumbra, se salta la espera del mostrador ante las miradas del resto de personas y omite las llamadas de atención de los agentes que se cruzan a su paso para interceptarle —«¡No puede entrar ahí, señor!»—. Al menos puede utilizar como excusa el bajo volumen del audífono por falta de pilas. Abre la puerta del despacho del Comisario, sin llamar, que atiende al teléfono y abre los ojos como platos al verlo ahí parado frente a su mesa. Termina la llamada antes de lo previsto para descubrir qué hace ese hombre en su despacho.  

—¿Le puedo ayudar en algo?

—¡Gracias a Dios! —exclama, antes de sentarse. Deja el bastón a un lado, apoyado contra la mesa, y se desabrocha el abrigo marrón.

El Comisario no da crédito a lo que ve y se lleva la mano a la boca para camuflar una sonrisa. El abuelo más abuelo que ha visto en toda su vida entra en su despacho como un elefante en una cacharrería con un iPad de última generación y lo suelta encima de la mesa como si fuera el descarte de una partida de mus.

—¿Qué pretende que haga con esto? —pregunta, sin salir de su sorpresa.

—Que lo investigue. —El Comisario le mira con incredulidad—. Mire, verá. Le cuento.

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Araneae

Los ágiles bípedos arrasan con todo a su paso. Los primeros dos inician la persecución, después se suman varios más. Tantas criaturas inteligentes a la caza de un ser tan insignificante como yo. Corren por el infinito pasillo blanco nuclear, velado por una intermitente luz rojiza mientras me deslizo entre las baldosas y esquivo trampas en forma de zapatos o ruedas de sillas giratorias. Detesto mi tamaño desproporcionado y mi color oscuro que me impide camuflarme, como hacen mis hermanas de jardín. Continue reading “Araneae”